Sin duda alguna, la imagen con mayor valor histórico y artístico de nuestra
Semana Santa es Nuestra Señora de las Angustias Coronada, obra del artista cordobés Juan de Mesa y Velasco, realizada hacia el año 1627. Consumido por su grave enfermedad, tuberculosis, apuró sus últimos días de vida tallando esta obra maestra de la imaginería barroca española, para su ciudad, como él quería.
Se trata de un grupo escultórico conformado por dos imágenes de talla completa, representando a Cristo muerto en el regazo de su madre, tras descender de la Cruz, que aparece tras ellos.
La Virgen tiene los brazos articulados para facilitar la vestimenta y la colocación del Señor. El pie izquierdo lo apoya en una roca, permitiéndole el juego de rodillas que sirve para apear al Señor. Su rostro, enrojecido, producto del cansancio y el dolor contenidos, exhibe unos
ojos entreabiertos de admirable factura, de los que se desprenden cuantiosas lágrimas que resbalan por la suave piel de sus mejillas. Sus cejas, rectas, están dotadas de ínfimas hendiduras en sus contornos que nos muestran un ceño levemente fruncido, pero con enorme elegancia; al igual que sucede en el tratamiento de la boca, entreabierta, con labios de gran fineza y distinción, o la nariz, recta y a la vez ligerísimamente achatada. Mesa supo imprimir de carácter propio a esta dolorosa, muy querida y admirada por el pueblo cordobés.
Al tratar la imagen del Señor, es necesario hacer una pequeña mención a cerca de determinados rasgos anatómicos del mismo. Para ser un grupo de La Piedad realizado al modo tradicional, su
torso se encuentra corvado en demasía, sus piernas menos flexionadas de lo normal, ya que deberían caer por su propio peso, y el brazo derecho extendido en vez de desplomarse. Según Don Alberto Villar puede tratarse de un Cristo del Descendimiento, o una escena del Traslado al Sepulcro. Lo cierto es que todo parece apuntar a que Juan de Mesa utilizó una imagen que ya tenía hecha para completar este grupo escultórico.
Destacar, por otra parte, el espléndido tratamiento de las telas en el paño de pureza, anudado en el lado derecho; o su concepción del cabello y barba, a base de finos mechones de pelo dispuestos de manera ondulada.
Su rostro, que pese a estar muerto, confiere un dramatismo extraordinario, caso de sus pupilas, que se dejan ver entre sus entreabiertos ojos, o sus cejas, que parecen reflejar tensión cuando debería predominar serenidad.
Texto: J.A.S.C.