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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

Fachada principal de la Casa de Yafar

Fachada principal de la Casa de Yafar

Hace unos días en Medina Azahara, más concretamente, en el patio de la zona privada de la Casa de Yafar, un visitante preguntó si los patios de las casas no tenían zonas verdes o vegetación. Buena pregunta. Muy probablemente, por su condición de yacimiento arqueológico, cuando nos viene Medina Azahara a la mente nunca sea en forma de vergel, pero una vez allí, vagando entre sus estancias y patios, lo echamos de menos. No sólo lo echamos de menos porque Córdoba y un patio florido es todo uno, y además la casa-patio hunde sus raíces en viviendas musulmanas como aquellas, sino porque el jardín-huerto forma parte de la estética andalusí y cómo puede ser posible que aquellos patios fueran tan macizos, secos y estériles. ¿O no? Vayamos por partes. Tomémonos la libertad de clasificar los jardines de Medina Azahara en dos tipos: los pétreos y los vegetales. Con jardines pétreos estaríamos refiriéndonos a las basas labradas, los genuinos capiteles de avispero de la ciudad califal y, sobre todo, al ataurique empleado en la decoración de estancias, naves y fachadas de zonas privilegiadas, destacadas o de audiencias como eran la residencia del califa, la sala de oración de la aljama o, por supuesto, el Salón Rico. Toda esa vegetación inerte, rocosa, simétrica, geométrica y perenne cubría zócalos completos como si se tratara de setos bien cuidados, coronaba columnas cual copas de árboles, y enmarcaba y decoraba las fachadas como si fuera yedra majestuosa. Pero por si alguien piensa que es una exageración denominar jardín pétreo a todos esos elementos, acudiremos a la etimología de la palabra y veremos que le va como anillo al dedo ya que ataurique viene del árabe hispánico attawríq, y este del árabe clásico tawrīq ‘echar ramas’. Por lo que, en sí mismo, ya el término es frondoso. Como si de una serie policiaca se tratara, un escrupuloso trabajo durante años en los que las distintas piezas de ataurique se han recuperado, clasificado, limpiado, medido, fotografiado, analizado y reubicado, ha hecho que parte de esos jardines se vuelva a desplegar hoy ante nosotros, como la fachada de la Casa de Yafar. Pero aún quedan cientos de miles de piezas pendientes de análisis y clasificación para acabar de conformar ese inmenso puzzle que haga que broten de nuevo aquellos jardines esculpidos.

El "Jardín Alto" de Medina Azahara

El «Jardín Alto» de Medina Azahara

Ocupémonos ahora de los jardines vegetales. Sobre todo no debemos perder de vista que el jardín en la estética musulmana no es una mera zona verde bonita y agradable, sino que es la representación del paraíso, la última morada donde los piadosos disfrutarán de paz y salud, que se hace tangible y concreto en la maestría y el dominio sobre los cultivos y el agua, convirtiendo los jardines musulmanes en verdaderos oasis para el disfrute y la contemplación. Sin embargo, no serán espacios improductivos: serán espacios de cultivo de frutales, aromáticas, culinarias y medicinales sin dejar por ello de ser bellos y exquisitos. Hasta el momento el espacio más representativo de vergel lejano del mundanal ruido lo encontramos en la Casa de la Alberca. Pero no nos engañemos: Medina Azahara no se levantó para el recogimiento y el intimismo. El Jardín Bajo y el Jardín Alto, a los pies del Salón Rico, asomarán a las murallas del alcázar a modo de particulares jardines colgantes. Sabemos de la existencia de albercas, de andenes, la estructura parece estar clara, pero ¿cómo eran realmente? ¿A qué olían aquellos jardines hace más de mil años? ¿De qué colores se teñían? ¿Qué ordenó plantar el jardinero mayor de Abderramán III? Así como los jardines pétreos han sobrevivido hechos añicos durante más de mil años, para los vegetales tendremos que afinar mucho más la vista y pedir ayuda al microscopio. Será la palinología, el estudio del polen y las esporas, quien se ponga, por primera vez en nuestro país, al servicio de la restauración de jardines históricos. Siguiendo con nuestro particular capítulo detectivesco, se recogerán muestras, se analizarán, clasificarán, seleccionarán, y se sacarán conclusiones hasta saber hoy a ciencia cierta que, al menos, la albahaca, el almez, la lavanda, el mirto o arrayán, la adelfa, el apio caballar, el azofaifo, la salvia, el tomillo y el romero conformaban dichos jardines. Por el contrario, se descarta el cultivo de cítricos, que fueron de introducción lenta en la Península a pesar de que hoy los naranjos reinen en nuestras calles y plazas.

Y seguramente se nos ha escapado alguna especie más en nuestras pesquisas, además de porque en mil años se nos ha podido extraviar algún que otro grano de polen, porque a los jardines de Medina Azahara no les dio tiempo a madurar y poder demostrar todo su poderío en los menos de ochenta años de vida que tuvieron. Por ahora mimémoslos hasta ver dónde pueden llegar y dejemos el caso abierto.[magicactionbox id=»11191036″]

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