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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

Córdoba es una ciudad luminosa, gusta, atrae su legado, el entramado caótico de sus calles, sus rincones, su historia, hasta tenemos la Ciudad Brillante a ocho kilómetros de aquí, y nuestro monumento principal, la Mezquita, con su penumbra musulmana y su radiante claridad cristiana es capaz de eclipsar la ciudad entera por su singularidad, aunque los guías no nos cansemos de decir que a Córdoba hay que volver y que es mucho más que su templo mayor. Y entre tanta luz, la historia quiso que un hombre con apellido ciertamente luminoso, Lucero, cubriera de total oscuridad la ciudad a principios del siglo XVI.

Diego Rodríguez Lucero es el personaje que nos ocupa hoy, del que no tenemos estatua, calle, plaza o placa conmemorativa en la ciudad, pero no por ello debemos ignorar quién fue. Si tuviera que describirlo, diría que fue un hombre ambicioso y sin escrúpulos, por lo que, de haber vivido en el siglo XXI, quizá hubiera llegado a ser un político corrupto, un capo de la mafia o un empresario avaricioso que no se habría detenido ante nadie. Pero no, fue bachiller en Leyes y licenciado en Teología y fue nombrado inquisidor de la sede cordobesa del Tribunal del Santo Oficio en la última década del siglo XV. Así que, si sumamos su ambición y su falta de escrúpulos al cargo que ostentó en Córdoba, el resultado que obtenemos es un monstruo que se sirvió de los medios que tenía a su alcance e hizo que la imagen folclórica que tenemos de la Inquisición no le llegara a la suela de los zapatos. Sus actos lo hicieron célebre a partir de 1500.

Estado actual de la fachada del número 7 de la calle Encarnación

Según don Teodomiro en sus Paseos por Córdoba, Lucero vivió en el número 7 de la calle Encarnación, o sea, a dos pasos de la Catedral y a escasos diez minutos de su lugar de trabajo en aquellas fechas, el Alcázar. Siendo el máximo responsable del Tribunal en Córdoba y teniendo en cuenta que, en aquel tiempo, la máxima amenaza para la fe eran los judaizantes, no hubo judeoconverso, judaizante o no, que no escapara a sus garras. Pero no confundamos términos, ojo. Un judeoconverso era aquel judío que se convertía al cristianismo, y un judaizante era aquél que, aun habiéndose convertido, seguía profesando la fe judía. Por lo tanto, hubo un momento en el que todo converso acabará en el mismo saco, siendo hereje o no. Bueno, hasta aquí, parece todo inquisitorialmente normal: sospecha sobre todo aquel cristiano nuevo. Pero Lucero no se quedó en eso. También fue a por cristianos viejos acusándolos del mismo delito. Sabemos que hubo inocentes a los que se les obligó a aprenderse oraciones judaicas y fueron aleccionados una vez en la cárcel para pasar por judaizantes. Hubo falsas acusaciones sobre actos que nunca fueron vistos ni oídos. Se extorsionó a inocentes que pagaron multas como penitencias a cambio de no enfrentarse a la hoguera. Se perseguirá a aquéllos que acusen a Lucero y sus secuaces de las irregularidades e injusticias que se llevaban a cabo. Tampoco se dudó en abusar del tormento saltándose las normas que lo regulaban y los torturados acabaron confesando delitos que nunca cometieron. Pocos fueron los que estuvieron a salvo de aquella situación en la que un hombre atemorizó a la sociedad cordobesa a principios del siglo XVI, donde la sombra de la infamia y el temor a la pena máxima acechaban a la vuelta de cualquier esquina. Ningún rico, pobre, noble, eclesiástico o caballero tenía la impunidad asegurada ni libre estaba de acabar siendo eslabón de una de esas redes de mentiras.

Las líneas discontinuas indican la planta irregular que presentaba la Corredera en aquel tiempo

Y toda su monstruosidad cristalizó el 22 de diciembre de 1504, cuando el más ignominioso de los autos de fe que se celebró en Córdoba tuvo lugar en la Plaza de la Corredera. Tras dicho auto de fe, 107 personas fueron abrasadas en la hoguera. A algunas de ellas las amordazaron para evitar que pudieran proclamar en sus últimos momentos acusaciones y denuncias sobre lo que estaba ocurriendo en el Tribunal, aunque por todos fuera conocido. Suponiendo que aquel 22 de diciembre fuera un día frío como indica la fecha, las hogueras y los alaridos de aquellas víctimas seguramente acabaron de helar hasta los huesos a aquéllos que estuvieron presentes y a los que en otros rincones de la ciudad lo oyeron en la lejanía, o vieron la columna de humo negro que se alzaba hasta el cielo o simplemente les llegó el olor a carne quemada atenazando sus sentidos.

Y los alaridos de aquellas víctimas se convirtieron en denuncias. Se acudió a la reina Juana, al Inquisidor general Deza, al rey Fernando, se solicitó que se informara al Papa, el Cabildo catedralicio también intentará que la verdad vea la luz, autoridades civiles y eclesiásticas unirán igualmente sus fuerzas, pero, por desgracia, la burocracia es lenta y el ser humano tiene intereses ocultos y estas denuncias no fueron efectivas. Ante la pasividad de las instituciones, el 9 de noviembre de 1506 el pueblo de Córdoba precipitó los acontecimientos asaltando el Alcázar y consiguió liberar a los cuatrocientos presos que en él se encontraban. A lomos de una mula y atravesando las huertas del Alcázar, Lucero consiguió escapar cobardemente de aquel ataque y de una muerte segura a manos del pueblo. Y con estos hechos que supusieron un ataque inimaginable para la época, Deza acabó destituido en favor de Cisneros, la Inquisición acabó sentada en el banquillo juzgándose a sí misma, y Lucero nunca volvió a ostentar cargo alguno en el Santo Oficio.

Lamentablemente nunca se juzgó a Lucero como hubiera sido deseable, ni se reconoció que fueron asesinadas personas inocentes durante aquellos años. Sin embargo, aquel 9 de noviembre de 1506, fue nuestra particular toma de la Bastilla, en la que las diferencias quedaron atrás para que cristianos nuevos y viejos, de una y otra clase, se unieran y lucharan por su honra y fueran capaces de hacerle frente y atacaran aquella Inquisición, símbolo de terror y muerte, y, sin pretenderlo, consiguieron herirla y transformarla. Así que, aunque Lucero no se merezca homenaje alguno, quizá aquella hazaña del pueblo cordobés sí sea digna de un reconocimiento y lo mismo un día su recuerdo añada un poquito más de luz a nuestra ciudad cuando le dediquemos una plaza o una calle para que aquellos valientes no caigan en el olvido. A ellos dedico esta entrada.

Atardecer sobre las azoteas de Córdoba

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