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“El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras”

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A finales del siglo XV, coincidiendo con la llegada masiva de negros procedentes de las factorías portuguesas de la costa de Guinea, el mercado esclavista aumentó notablemente en el sur peninsular; aunque su punto culminante llegará en el último tercio del siglo XVI, cuando los mercados de esclavos se incrementaron con moriscos alpujarreños a partir de 1568. Sin embargo, cabe señalar que, hasta finales del siglo XV, cuando son definitivamente conquistadas, hubo esclavos guanches de las Islas Canarias; liberados todos ellos por orden expresa de la reina Isabel de Castilla. Tanto a Córdoba, como a Sevilla o Cádiz, llegaban comerciantes de toda Castilla, principalmente burgaleses y vizcaínos; así como mercaderes de Portugal y Aragón, genoveses, francos, florentinos, flamencos, alemanes, etc., interesados por los grandes mercados de esclavos. Sevilla era el gran centro de esclavos y Córdoba, un mercado más dentro del comercio secundario; donde no había un lugar concreto para la venta de esclavos. Cuando estos llegaban a la ciudad, había corredores de esclavos, que cobraban comisión, encargados de buscar posibles compradores, asignando un lugar para la venta, que debía hacerse en lugar público. A veces, los propietarios de esclavos los vendían a dueños de mesones o tabernas, que hacían negocio con ellos. Las ordenanzas municipales de Córdoba a principios del siglo XVI, prohibían taxativamente a los mesoneros ejercer de corredores de esclavos, estando prohibida la compra-venta de esclavos en viviendas privadas o mesones, bajo multa de 12 maravedíes. Los corredores debían ser forzosamente cordobeses; no estando permitido a los extranjeros o forasteros ejercer dichos trámites. Es significativo, que todos los grupos sociales de la ciudad poseían esclavos; mayormente oficios artesanales.

Normalmente, el esclavo atendía las labores del servicio doméstico; sin embargo, muchos de los esclavos y esclavas ayudaban a sus amos en sus comercios o en prácticas artesanales. Las mujeres, sobre todo las musulmanas especializadas en este tipo de trabajos, asistían a sus dueñas como bordadoras o costureras; cuidando a los hijos e hijas de la casa, ejerciendo el papel de nodrizas; llegando incluso a convertirse en concubinas de sus dueños, que también les dieron hijos; lo que aumentaría el número de esclavos en la casa. Muchos esclavos eran integrados en los talleres artesanales como aprendices, evitando tener que pagar una remuneración. De todos modos, el esclavo era un ser marginado, sin estructuras legales a las que acogerse o que le defendiesen; excepto sus amos. Los esclavos servían a sus dueños, les proporcionaban prestigio y les permitían mantener una apariencia social lujosa.

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Se han conservado una gran mayoría de contratos de compra-venta de esclavos; la mayor parte pertenecientes a talleres o gremios artesanales, que eran los que más esclavos tenían. En Córdoba, las esclavas preferidas por los artesanos eran mayoritariamente de “raza negra”, con edades comprendidas entre los 20 y los 30 años, por un precio medio de 10.000 maravedíes. Evidentemente, el precio dependía de la edad, de las condiciones físicas y de los conocimientos de la esclava; las más jóvenes y mejor preparadas eran las más caras. Los compradores eran principalmente maestros de oficios textiles: traperos, tintoreros, sederos o sombrereros; siguiendo los sectores del cuero y el metal, destacando con especial relevancia los plateros.

Algunos contratos de la época indican que hubo esclavos que lograron aprender un oficio; pero nada se dice de las esclavas, las cuales debemos suponer que también aprendieron oficios, aunque no ha quedado documentación que lo acredite. Esto no es de extrañar, porque los trabajos realizados por mujeres en general, esposas, hijas, mozas, sirvientas, esclavas, etc., han sido siempre los menos reflejados en la documentación de la época. De manera circunstancial, podían ser liberados; normalmente a través del testamento del dueño, porque su esclavo había sido fiel, cariñoso, obediente y respetuoso. Se hacía esto mediante una carta de ahorría* firmada por el escribano público, consiguiendo el esclavo el ahorramiento o libertad. La liberación era mucho más común entre las clases nobles y la eclesiástica; los mercaderes, por el contrario, eran más reacios a ello porque, en cierta medida, vivían de este negocio. Lo normal es que los esclavos liberados optasen por conseguir un título de vecino, formaran un hogar y buscaran un trabajo, en la mayoría de los casos en la misma forma que habían servido como esclavos; esto es, como sirvientes, artesanos o jornaleros agrícolas.

* Ahorría, del árabe hurr, en castellano horro u horra, libre.

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