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Después de haber hecho mención en entradas anteriores a nuestros grandes representantes de la artesanía local, el cuero y la plata, esta entrada se la dedicaremos a un material que pasa desapercibido en nuestra ciudad: el vidrio.

Reflejo de la vidriera del rosetón sobre las lápidas en la Capilla de Villaviciosa (fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AC%C3%B3rdoba_2014.22.jpg)

Como curiosidad, aunque en nuestro idioma usemos los términos cristal y vidrio indistintamente, no está de más que los diferenciemos a grandes rasgos aunque los sigamos intercambiando. El cristal se encuentra de manera natural en nuestro planeta y suele ser el resultado de la cristalización de gases bajo grandes presiones, como es el caso del cuarzo. Sin embargo, a pesar de que también pueda existir vidrio de manera natural, habitualmente se produce de manera artificial por la fundición de arena de sílice, carbonato sódico y caliza a 1500ºC. Así, una vez que se enfría, el vidrio se convierte en un material duro, amorfo, transparente, traslúcido o coloreado (en función de que se añadan agentes colorantes o decolorantes). Del mismo modo, es posible refundir el vidrio en caso necesario para nuevos objetos al tiempo que se abaratan costes y sin desaprovechar material.

Probablemente el descubrimiento del vidrio, como otros grandes descubrimientos de la humanidad, se produjera por casualidad junto a una hoguera mientras alguien cocinaba o se resguardaba del frío. De hecho, Plinio el Viejo (siglo I) achacó el descubrimiento a un grupo de mercaderes que, camino de Egipto, se detuvieron a cenar a orillas del río Belus y usaron el natrón (carbonato de sodio) que debían vender a modo de combustible para la fogata necesaria para la cena y al despertar al día siguiente vieron que se había transformado en vidrio. Sin embargo, ya en el antiguo Egipto se usó el vidrio, por lo que es una sustancia que bien se merece el calificativo de milenaria, y desde entonces ha acompañado al ser humano en múltiples formas y usos. Podríamos decir que parte de su éxito se debe a su adaptabilidad, el hecho de poder “jugar” con él para crear piezas de distintas formas, tamaños y colores, abarcando desde unos pendientes hasta lentes ópticas pasando por bombillas o esferas de reloj.

El hecho de que sea un material común, que no sea caro y que además en Córdoba no represente una arraigada tradición, hace del vidrio un material que nos pase inadvertido. Pero si uno presta atención, hay fabulosas piezas en nuestra ciudad que ejemplifican la maestría que requiere dicho material. Salgamos a la calle, y como no podía ser de otra manera, acudamos a nuestro templo mayor. Además de vidrieras coloreadas que encontraremos en transformaciones cristianas, podremos observar el brillo que refleja la pasta vidriada que compone las miles de teselas que conforman los mosaicos que decoran el mihrab y que le otorgan ese misticismo especial dejando mudos a los visitantes. Pero si con esa imagen no fuera suficiente, pensemos además que dicha pasta abarca diecisiete de los diecinueve colores diferentes que se han llegado a clasificar en dichos mosaicos. Ahora salgamos de nuevo y dirijámonos al Palacio de Viana. Dejemos por un momento de lado sus patios y jardines y colémonos en la casa vivida. Si no son suficientes los servicios de mesa y los jarrones, alcemos la vista y prestemos atención a las lámparas de araña de La Granja, Bohemia y Baccarat. La luz se multiplica en los cristales y penden como lágrimas e iluminan las estancias desde las alturas como si no pesaran y fueran etéreas.

Salón Rojo del Palacio de Viana

No obstante, si la grandiosidad del arte bizantino o la maestría en la iluminación no es suficiente, quizá las siguientes piezas de vidrio merezcan nuestros respeto por ser grandes supervivientes. Abandonemos Córdoba y vayamos a nuestra cuarta declaración como Patrimonio Mundial por la UNESCO: Medina Azahara. La colección de vasos encontrados en la antigua ciudad califal, que, muy probablemente, se elaboraron en la zona de Egipto, merecen toda nuestra admiración sin ningún atisbo de duda en primer lugar por haber realizado el trayecto desde los talleres de origen hasta Córdoba, por haber resistido hechos añicos dignamente los mil años de expolio, y por supuesto cómo no admirar la ardua tarea de su reconstrucción. Pero si volvemos a Córdoba, más concretamente, a la sombría y fresca Plaza de Jerónimo Páez, en el Museo Arqueológico veremos mi pieza favorita. La urna cineraria de dos mil años que se encontró en la zona del Brillante y que sigue hermosa y lozana como el primer día. Particularmente me fascina su color turquesa y sus formas redondeadas y perfectas, aunque lo que me sigue pareciendo increíble es que se encontrara dentro de una funda de plomo que también se muestra en el museo y que parece hecha al milímetro para ella.

Vaso de vidrio soplado y tallado, siglo X (fuente: https://www.flickr.com/photos/terraeantiqvae/2040492969)

 

Así que animémonos y salgamos en busca de la maestría detallista y los supervivientes que nos hacen empequeñecer por su longevidad, resistencia y refinamiento. ¿Quién dijo que sólo los diamantes son para siempre?

Urna cineraria (fuente: http://notascordobesas.blogspot.com/2010/02/la-pieza-del-mes-de-febrero-museo.html)

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