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Cuando escuchamos Romero de Torres, automáticamente nuestra mente vuela hacia los cuadros de uno de nuestros pintores más insignes; aquel que retrató a la mujer morena. Sin embargo, este apellido es sinónimo de cultura cordobesa. Para entenderlo nos retrotraemos a la figura de Don Rafael Romero Barros. Nacido en Moguer, pero de origen cordobés, Romero Barros se convirtió, en 1862 en el conservador del Museo de Bellas Artes. Años más tarde fue el encargado de adaptar la colección de antigüedades para el nuevo Museo Arqueológico, del que fue, igualmente conservador. Fue un reconocido pintor y profesor de Bellas Artes. Fue, así, un miembro destacado del mundillo cultural cordobés del último tercio del siglo XIX. En este ambiente ilustrado nacieron y se criaron Rafael, Enrique y Julio, sus hijos.

Enrique Romero de Torres nació en 1872 y, al igual que su padre y su hermano, fue pintor y “hombre de letras”. Al contar con la misma formación, fue elegido conservador del museo de Bellas Artes tras la muerte de su padre en 1895. Allí ejerció como restaurador, conservador y director hasta 1941, año en el que lo nombraron director honorario. A lo largo de su carrera fue miembro de las más destacadas instituciones culturales: Real Academia de San Fernando, Real Academia de la Historia, Real Academia de Córdoba y Real Academia de Sevilla. En 1955 fue condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, la mayor distinción que otorga el Estado español por méritos vinculados con la cultura y el patrimonio.

Su pasión por el Patrimonio lo convirtió en un activísimo miembro de la Comisión de Monumentos de la ciudad. Quizás fue una de las primeras personas en valorar la joya que se esconde en el subsuelo cordobés. Tal fue su implicación que no dudaba en recorrer las calles y “bajar a la tierra” cuando se demolían edificios históricos o se abría el suelo para hacer un edificio y salían, como no, “piedras viejas”… Llegó, incluso, a paralizar algunas obras con el fin de estudiar los restos encontrados. A modo de ejemplo, el monumento funerario romano que se ve hoy junto a la Puerta de Sevilla, fue excavado por Romero de Torres en el barrio de Ciudad Jardín, donde se encontró una interesantísima necrópolis de época romana. Igualmente, podemos nombrarlo como uno de los “descubridores” de los baños árabes del Campo Santo de los Mártires. Todos estos trabajos se convirtieron en una larga lista de publicaciones científicas y divulgativas que, a día de hoy, resultan claves para entender la arqueología cordobesa.

Desde su tribuna, a través de artículos de opinión en la prensa escrita, fue un durísimo crítico de la dejadez cordobesa en cuestión de patrimonio, acusando sin piedad a autoridades públicas y sociedad general. Con un dolor casi físico, se quejaba de la indolencia de una ciudad que poco a poco dejaba desaparecer sus vestigios del pasado. Una muestra clara, las primeras líneas de un artículo publicado en el Diario Córdoba el 20 de noviembre de 1898 y que titulaba “La sinagoga de Córdoba en peligro”: “Pocas ciudades habrá que, como la nuestra, hayan reunido más elementos para el estudio del arte monumental; pero también habrá pocas en las que con más insistencia se encuentren en íntimo consorcio la fatalidad, la destrucción y el indiferentismo”… Palabras duras de don Enrique Romero de Torres hace más de cien años y que siguen muy vigentes en la actualidad. Deberíamos reflexionar sobre el tema.

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