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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

Antigua Capilla de San Acacio del Tribunal del Santo Oficio en Córdoba, actual Salón de los Mosaicos.

Como no hay dos sin tres, tras hacer referencia al sambenito y aclarar ciertos conceptos sobre la Inquisición, y dedicar una entrada a los valientes que se alzaron contra Lucero, me gustaría con esta tercera entrega arrojar luz sobre aspectos o hechos que hacen de la Inquisición, al menos en lo que respecta al Tribunal de Córdoba, una institución en la que no aparecen hogueras, persecuciones ni encarnizamiento.

Como ya hemos comentado, la Inquisición fue un tribunal eclesiástico especializado en la lucha contra la herejía, de lo que podemos deducir que había más tribunales eclesiásticos y en contraposición, también los había civiles. Así, la Inquisición fue un tribunal más, y como tal, se ceñía a una serie de instrucciones para su correcto funcionamiento. Se trataba de un organismo fuertemente jerarquizado en cuya cúspide se hallaba el Consejo de la General y Suprema Inquisición, llamado habitualmente la Suprema. Una de las tareas de la Suprema consistía en realizar visitas e inspecciones a los tribunales provinciales, incluido el de Córdoba. Durante dichas auditorías se realizaban amplios informes, reflejo del estricto procedimiento en el que se tomaba nota de las acusaciones de los testigos sobre el estado del Tribunal o contra sus miembros. Algunos de los que salieron peor parados en el caso de Córdoba fueron los inquisidores Francisco Gasca y Alonso López y el fiscal Quintana, con 18, 20 y 13 acusaciones respectivamente en el año 1577. En resumidas cuentas, resultaron ser demasiado indulgentes permitiendo que algunos presos recibieran alimentos de parte de sus familias, que otro prisionero tuviera con qué escribir y qué leer, e incluso dejaron a algunos salir al patio de la cárcel a pasear. Curioso también es el caso de Alonso Ximénez de Reynoso que, a pesar de la típica personalidad de inquisidor autoritario y ambicioso, en 1597 fue la comidilla de Córdoba y hubo quien afirmó sobre él que, tras largas noches de amor, llegaba al tribunal con aspecto agotado y largos cabellos rubios sobre sus ropajes, cuya dueña era una dama de Granada con la que vivía en concubinato. Así que, por suerte, no todos fueron Lucero.

Antigua Capilla Mayor de la Catedral de Córdoba.

 

Y si no todos los inquisidores fueron monstruos, no todos los presos fueron judaizantes, ni ejecutados en la hoguera, ni todos los autos de fe se llevaron a cabo en la Corredera. Los autos de fe de menor importancia o menos numerosos se celebraron habitualmente en el convento de San Pablo, en el coro de la Catedral (ojo, los anteriores a 1607 celebrados en la antigua Capilla Mayor, hoy conocida como Capilla de Villaviciosa) o incluso en la capilla del propio Tribunal (hoy Salón de los Mosaicos del Alcázar). Con respecto a los herejes acusados, existe un listado sobre los procesados durante el año 1564 en el Tribunal de Córdoba con un total de 151 personas. Después de la entrada anterior, espero que os alegre saber que ninguno de ellos fue relajado (término de la jerga inquisitorial que significa ejecutado). Entre ellos los hubo acusados de mahometanismo, blasfemos, bígamos o quien profirió palabras heréticas o sacrílegas. Algunos confesaron espontáneamente, otros no, y otros fueron acusados en falso. Las penas a las que se vieron enfrentados fueron asistencia a misa como penitentes, azotes, multas, destierro o galeras. En uno de los autos de fe celebrados en la Catedral aquel año, ocho de los quince penitenciados fueron procesados por decir que “no era pecado echarse con una mujer pagándoselo, era menor”, y para más señas, a uno de ellos se le describe como “viejo y ciego”. A otro hombre ese mismo año, Alonso de Castro, soldado, se le acusó de decir palabras luteranas sin que finalmente se pudiera probar y quedó libre. Juan Guillén, pastelero de Lucena, acusó en falso a su suegro de ser luterano e hizo que un mozo suyo también testificara en su contra, por lo que fue condenado a 400 azotes y cinco años de galeras. Pero quizá mi caso favorito sea el de Alonso de Peñuela, vecino de Úbeda, porque dijo “reniego de Dios” como un hereje y además tenía la costumbre de decir “por vida y pese a Dios” jugando a las cartas, por lo que fue sentenciado a misa rezada entre semana en cuerpo y descalzo y a no jugar durante dos años a los naipes.

Así que, con estos hechos tan alejados de la imagen clásica de la Inquisición, cuyos protagonistas fueron inquisidores laxos o libertinos, ancianos que a pesar de la ceguera no veían problema en yacer con una meretriz, o pasteleros mentirosos que conspiraron contra sus suegros, espero haber podido contribuir, si no a cambiar dicha imagen, al menos a que nos planteemos que quizá haya aspectos que no conocemos sobre ella y que aprender sobre ella también nos hace aprender sobre la sociedad en la que se desarrolló. Y es que además, en nuestro caso, no es una historia que nos sea tan ajena, sobre todo habiendo lugares aún en pie en nuestra ciudad que fueron testigos de aquellos hechos a veces aterradores, a veces pintorescos.

Calvario que presidía la capilla del Tribunal, obra de Antonio del Castillo, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

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