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Antes del siglo XIII se estima que los arabismos incorporados a la lengua castellana no llegaban a los 80; sin embargo, a lo largo de este mismo siglo, y debido principalmente a las conquistas castellanas de Fernando III en Andalucía, se alcanzaron alrededor de 200 arabismos usados por los cristianos. Aunque algunos de estos arabismos ya se utilizaban anteriormente por los mozárabes, se sabe que a mediados del siglo XIII algunas palabras se hicieron más comunes en la España cristiana. Algunos ejemplos de ello son el uso de azzeite en lugar de “oleo”; alcaide por “señor”; asseña por “molino”; o assequia por “canal”. En algunas zonas castellanas se utilizó la palabra “albor”, para señalar pedazos de tierra de labor, procedente del árabe bur, y con su artículo al-bur significando “barbecho”. Estos arabismos se fueron extendiendo por toda la geografía peninsular contaminando las distintas lenguas habladas: en la zona oriental convivía el catalán y el aragonés; en Navarra predominaba el influjo del francés; el gallego seguía siendo la lengua culta, muy apreciada para la poesía y las cantigas, entre las que destacan las que escribió el rey Alfonso X; incluso el leonés se entendía como una lengua nativa de todo el antiguo reino, que fue sustituyéndose poco a poco por el castellano aunque el leonés nunca dejó de usarse.

El árabe no era exclusivo de al-Andalus, sino que era común en amplias zonas peninsulares ocupadas por moriscos o mudéjares; principalmente en la costa levantina. Las comunidades mudéjares en territorio castellano fueron incorporando la lengua castellana a su árabe, que culminó con un creciente número de palabras romances. Y viceversa, un buen número de arabismos se añadieron al idioma castellano. Las palabras árabes usadas en documentos latinos como cartularios o tumbos de monasterios, demuestran el volumen de penetración del árabe en los territorios no musulmanes de la Península Ibérica, lejos de la influencia de Córdoba.

Durante el mandato del rey Fernando III, los documentos oficiales castellano-leoneses, estaban escritos en latín; un latín sencillo y correcto de escuela. Sin embargo, en esa época ya se hablaba castellano; el mismo que se había hablado desde siglos anteriores, en Castilla con la transformación del latín vulgar en romance popular. A pesar de eso, no hablaba igual un castellano de León que uno de Murcia. Sobre todo, en el sur peninsular empezó a cambiarse la letra C donde antes había Ç o Z; como fazer o dezir. Muchos de estos cambios se produjeron en los registros notariales o actas judiciales debido a la falta de una correcta normativa ortográfica y la falta de unanimidad entre los escribanos públicos. También en los registros parroquiales hubo cambios de gramática en las formas de los nombres o apellidos; dando lugar a diversos registros de un mismo nombre: Jiménez, Giménez, Ximénez.

Torre de la Calahorra

En Córdoba disponemos de muchos arabismos; algunos tan comunes, que hemos olvidado la esencia de su origen. La torre de la Calahorra, mandada construir por el califa Abderraman III hacia el 950, adquiere su nombre del árabe qalat = Torre o castillete, y horra = Independiente o aislada. Nuestro río se llamaba Betis cuando los romanos llegaron a esta zona y fundaron la ciudad de Córdoba; sin embargo, a la llegada de los musulmanes llamaron a este wadi al-Kebir, es decir, “río grande”, que ha mantenido este nombre de Guadalquivir hasta nuestros días. También durante la expansión de la ciudad en la bonanza del califato en el siglo X, uno de los barrios más extensos fue llamado al-Sarqiya, del árabe al-Sarq = el Este, el Levante, y por lo tanto “las tierras del Levante”; que también ha mantenido el nombre hasta el presente como Axerquía o Axarquía. El Alcázar no es sino una castellanización de al-qasr = el castillo, usado como residencia de monarcas. Curiosamente, la castellanización de estas tierras del sur también trajo la latinización para algunas palabras árabes, de tal manera que alfayate fue sustituido por el latín sartorem que terminaría siendo sastre.

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