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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

La muerte es algo consustancial al ser humano y supone, siempre, un auténtico impacto para la familia y la comunidad más cercana. Ante el dolor que supone el fallecimiento de un ser querido, dicha comunidad necesita de una serie de ritos que permitan aliviar la tremenda pena que eso supone, así como, acrecentar la creencia de que, de un modo u otro, hay vida después del óbito.

En el mundo romano, el posicionamiento ante la muerte fue de lo más variado. No obstante, la creencia en la existencia del alma y en su inmortalidad fue algo muy común. Dicha existencia era muy variada ya que había quien consideraba que el alma del difunto continuaba viva en el interior de la tumba; quienes creían que se convertía en estrellas o árboles; o aquellos que consideraban que podía convertirse en ángel o espectro según de virtuosa hubiera sido su vida. En cualquier caso, y en prevención de que el tránsito al Más Allá fuera lo más positivo posible, se le daba una gran importancia al funus, es decir, al ritual religioso que se llevaba a cabo una vez que fallecía una persona y que duraba, al menos, hasta el entierro de la misma.

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Vía Apia (Roma) con monumentos funerarios a ambos lados

Según las leyes de Roma, las necrópolis (literalmente “las ciudades de los muertos”) debían situarse siempre fuera de las murallas de la ciudad, extendiéndose a lo largo de las principales vías de comunicación. Este desarrollo tenía su razón de ser en el deseo de permanecer en la memoria: al ser lugares muy transitados, la gente siempre recordaría el nombre de los fallecidos al verlo escrito en sus tumbas.

A pesar de las creencias populares, desde los orígenes de Roma convivieron dos rituales mortuorios diferentes: cremación e inhumación. La elección de un tipo u otro venía designada por gustos personales, tradiciones familiares, modas… A veces, incluso, se encuentran ambos tipos en un solo enterramiento. De hecho, así lo atestigua una tumba del siglo I d.C. excavada en la propia Córdoba en la que se encontraron restos de la urna cineraria así como el espacio reservado para una inhumación.

Tumba puerta de sevilla

Hipogeo de Puerta de Sevilla

La ciudad de Córdoba cuenta con un buen número de tumbas romanas que nos permiten conocer bastante bien los gustos y las modas de los cordobeses a la hora de elegir su morada eterna. Entre los ejemplos más antiguos se encuentra la tumba que hay junto a la Puerta de Sevilla (fue trasladada a este lugar desde su lugar de hallazgo original: Ciudad Jardín). Este enterramiento, de tipo hipogeo, debió acoger las urnas cinerarias con los restos de varios individuos de inicios del siglo I d.C.

Puerta de gallegos

Túmulo funerario de Puerta de Gallegos

Durante la primera mitad del siglo I d.C. fueron levantados los túmulos funerarios de Puerta Gallegos. El lugar elegido (junto a una de las principales vías de comunicación de la ciudad y cerca de las murallas de la misma) nos informa que la familia que los construyó debió ser de gran importancia.

La ciudad también nos ha regalado una extraordinaria colección de sarcófagos historiados. En este contexto, uno de los más famosos es el que decora hoy en día uno de los pasillos del Alcázar de los Reyes Cristianos: el sarcófago de las Puertas del Hades. Con una calidad técnica simpar, aparece representado el acceso al inframundo a través de una puerta entreabierta.

Estos ejemplos son sólo una pincelada de las tumbas romanas que se han encontrado en la ciudad y que vienen siendo objeto de estudio por parte de investigadores de la Universidad de Córdoba; la huella de cómo nuestros antepasados romanos decidieron realizar su viaje al Más Allá y cómo sus nombres son recordados 2000 años después.

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