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Un día más volvemos a recorrer los intrincados pasillos de la ciudad califal, con una nueva mirada, un nuevo ángulo, tan sólo uno más de los muchos que nos permiten aproximarnos a la que fue la gran joya del estado Omeya en Occidente: la ciudad como reivindicación califal.

La proclamación como protector de la comunidad islámica de Abderramán III el 16 de Enero del año 929 no fue un simple acto oficial, sino que rápidamente se vio acompañada, casi por obligación, de una nueva relación del recién nombrado califa con su pueblo, pues no sería ya un simple rey, sino, pese a lo que establece el Corán, algo más que un simple humano.

Tanto a nivel material como ritual (de lo que hablaremos en la próxima entrega de esta serie) el estado califal se encontró absorbido en una nueva realidad cuyo único objetivo era la demostración del nuevo status, no sólo de cara a las recién unificadas gentes de al-Andalus (que había estado inmersas en un larguísimo proceso de rebeliones y “guerras civiles” desde mediados del siglo IX) sino respecto a un mundo en el que habrían de convivir, al menos hasta el siglo XI, tres califas reclamando su derecho único a dirigir la Umma. A este respecto, la ciudad de Azahara será pieza clave, en primer lugar, mediante su conveniente sistema de terrazas que permitían mostrar gracias a la privilegiada situación la residencia del califa, la dar al-mulk, sobre la ciudad, y sobre el Valle del al-wādi al-kabīr (Guadalquivir, el río grande) la existencia del gobernante como un ser único, sobre todos los hombres, y cuasi omnipresente, siendo reconocible la localización de su residencia desde puntos a hasta 50 km de distancia.

Maqueta del conjunto en la que se aprecia la segregación en altura por terrazas

Respecto a lo segundo, aunque los trabajos iniciales en Medina Azahara pudieron venir motivados en gran parte por la desconfianza del gobernante tras las traiciones acaecidas en Simancas en el 931, la ciudad pronto se convirtió en el eje vertebrador de la reivindaciones del califa cordobés frente a su rival fatimí, que por aquel entonces reclamaba encarnar la llegada del mesías y su descendencia de la mismísima Fátima, hija del profeta. Incapaz a todas vistas de competir con este desde el punto de vista religioso, Abderramán decidió acometer reformas en el palacio que se materalizaron en la construcción del Jardín Alto y el Jardín bajo, jardines Luminoso y “verde y negro” de los textos religiosos del siglo IX, manifestación física de la idea del paraíso islámico según algunos autores de aquel momento, que se habría venido a terminar con el, aún añorado, Salón Rico, o Salón de Abderramán III, que no se habría limitado a ocupar el espacio, sino a completarlo.

Vista panorámica desde el norte de el Jardín Alto (izquierda) y el Jardín Bajo (derecha), similes del paraíso.

Los textos de la época realizan una curiosa descripción del paraíso, en cuyo centro se encuentra un edificio en el que es imposible distinguir su interior de su exterior, siendo la visión desde ambos ambientes, la del jardín luminoso, en el que se alza una gran diversidad de árboles frutales y que habrían sido llevados al interior del edificio gracias al ataurique, decoración parietal que, en ausencia del edificio al que nos referimos, podemos disfrutar en la fachada de la casa del primer ministro. y que vendría a consumar una idea, Abderramán III no intenta vincularse a la idea de su divinidad, sino que se plantea a si mismo como el hombre que habita en el paraíso, un vínculo entre este y los hombres.

Panel de ataurique proveniente del Salón Rico o Salón de Abderramán III, en el que se muestra la “simetría asimétrica” característica de la representación de los jardines del paraiso.

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