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El río Guadalquivir a su paso por Córdoba en un grabado de Antón Van der Wyngaerde (1567)

El río Guadalquivir a su paso por Córdoba ha sido un río navegable desde la antigüedad, siendo el eje vertebrador del comercio de aceite y vino que íberos y romanos realizaron durante siglos. Tras la construcción del Puente Romano en el siglo I de Nuestra Era, el puerto se consolidó aguas abajo del puente, muy cerca de la puerta de entrada a la ciudad en el entorno de la actual noria de La Albolafia. Desde allí, barcas de poco calado transportaban nuestros productos hacia el mar, donde grandes barcos mercantes los llevarían hasta la misma Roma. Durante siglos, el río funcionó como la vía más rápida y eficaz para comerciar con otros puntos de la geografía mediterránea. Incluso en época emiral durante el periodo andalusí se construyó un arrecife artificial junto a la noria de la Albolafia que sirvió de puerto al menos hasta la caída del Califato a comienzos del siglo XI. La azuda, es decir la presa, de la Alhadra (actualmente bajo el puente de San Rafael), y posteriormente la azuda de Casillas, desplazaron el puerto fluvial de Córdoba río abajo hasta una zona conocida como El Aguilarejo, que podría situarse próxima al actual emplazamiento del aeropuerto. Durante los siglos medievales el Río Guadalquivir contribuyó a facilitar las comunicaciones y el transporte, habida cuenta de las dificultades a que se enfrentaban quienes acometían esta labor por tierra; esto es, caminos pedregosos, paisajes accidentados y vados inundables difícilmente salvables; por no hablar de los asaltantes de caminos que los hubo en todas las épocas. Y con ello no queremos decir que la navegación fluvial entre Córdoba y el mar fuera totalmente segura, porque cabría recordar que unos piratas vikingos llegaron por el Guadalquivir a mediados del siglo IX hasta Lora y Palma del Río donde detuvieron sus correrías; lo que evidencia que fácilmente podrían haber llegado hasta Córdoba.

Azuda y molino de Casillas en 1830
Azuda y molino de Casillas en 1830

En cualquier caso, no será hasta el siglo XIV en que la navegación entre Córdoba y Sevilla se haga con total regularidad, sorteando las presas de los molinos por unos canales preparados al efecto para el paso de pequeñas embarcaciones. Este tipo de transporte se mantendrá efectivo hasta bien entrado el siglo XIX cuando la llegada del ferrocarril obligó a su vez a mejorar los caminos terrestres. Sin embargo, el Guadalquivir se ha mantenido ahí a los pies de Córdoba, ayudando con sus aguas a mantener la industria alimenticia más importante que ha tenido el hombre durante siglos: el pan.

Cuando crucemos el Puente Romano o el de Miraflores o el de San Rafael y miremos al agua, observaremos en el lecho del río los restos de edificios antiguos, casi perpetuos, que forman parte de la historia del río y de la propia Córdoba. Es la historia viva de nuestra ciudad; la historia que iremos contando de ahora en adelante.

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