Arte en Córdoba

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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

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Patio principal del Palacio de los Páez de Castillejo, ahora cerrado a la espera de su restauración (Fuente de foto: www.europaenfotos.com)

Nuestro Museo Arqueológico y Etnológico Provincial es una de las mayores y mejores colecciones del país, reflejo material del ingente legado dejado por nuestras culturas históricas, tan diversas como sabemos. Se hace además necesario señalar que no es sólo enormemente valioso su contenido, como también magnífico continente pues se trata del Palacio de los Páez de Castillejo, primer palacio renacentista de la ciudad que fue reconstruido en el S.XVI por Hernán Ruiz II sobre los restos de un caserón medieval de estilo mudéjar. De hecho fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1962.

Enclavado en uno de los rincones más bellos de Córdoba, es parte de un urbanismo marcado por la fosilización en la trama viaria del enorme Teatro Romano de Corduba Colonia Patricia, cuyos restos podemos ver en parte integrados en la ampliación que le ha sido realizada. Se trata de un verdadero templo dedicado a los restos que nos han llegado de nuestros ancestros, reformado para adecuarlo a su fin por el arquitecto Félix Hernández a partir de su adquisición por parte del Estado en 1945. Anteriormente, la sede del Arqueológico Provincial había pasado sucesivamente, desde su creación en 1868 tras el famoso proceso de desamortizaciones, por el antiguo Hospital de la Caridad, la Casa Mudéjar de la calle Samuel de los Santos e incluso la Plaza de San Juan. De momento, seguimos a la espera de que comience la necesaria restauración del palacio, mientras podemos visitar una generosa selección de su vasta colección en la nueva ampliación del edificio.

La Estela de Ategua

La Estela de Ategua e interpretación de algunos de sus elementos (Fuente de foto: www.vila-do-bispo-arqueologica.blogspot.com)

Y comenzamos ahora una serie de entradas para hablar brevemente de algunas de las muchas joyas que atesora nuestro museo, siempre con el ánimo de recomendar su visita y poder disfrutar in situ de la experiencia que supone enfrentarse cara a cara con estos hitos monumentales de la Historia de nuestra provincia. Uno de los más destacados es La Estela de Ategua. Hallada casualmente en 1968 en el Cortijo de las Gamarrillas, junto al impresionante conjunto arqueológico de la antigua ciudad de Ategua, constituye el ejemplo más completo por sus elementos y de mayores dimensiones de cuantos conocemos hasta ahora de las llamadas estelas decoradas del suroeste peninsular. Son losas pétreas decoradas con grabados en una de sus caras cuya temática funeraria hace pensar en su uso como hitos funerarios durante el Bronce Final Precolonial, esto es, de momentos previos al establecimiento de las primeras colonias fenicias en nuestras costas tras los primeros contactos de los siglos IX y VIII a.C. Estamos en los albores del proceso de aculturación que transformará a las culturas indígenas propias del final de la Edad del Bronce en lo que conocemos como Tartessos, dando comienzo a la Edad del Hierro.

Vista area Opidum Ategua

Vista aérea del oppidum de Ategua (Fuente de foto: www.terraeantiqvae.com)

La estela tiene un formato vertical, con unas dimensiones de 163 cms. de altura por 78 cms. de ancho, de desigual grosor y cuya base en punta serviría para quedar clavada en el terreno. Los grabados, muy esquemáticos, presentan evidentes semejanzas con las escenas funerarias representadas en ánforas griegas de los siglos VIII y VII a.C., aquí dominada por la figura de un personaje principal de mayor tamaño, ataviado con coraza, acompañado de sus armas y de curiosos objetos interpretados como peine y espejo. También se representan un carro tirado por animales y un cadáver tendido sobre una pira funeraria, junto al que se lamenta una plañidera con el gesto de llevarse las manos a la cabeza. Abajo otros personajes cogidos de la mano, tal vez familiares, realizan una danza fúnebre. Aún no se ha descartado otro posible uso como marcador territorial de una tribu o familia concreta. Todo un monumento que constituye uno de los últimos recuerdos de las creencias y ritos de nuestros ancestros.

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