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Joaquín María de Navascués y de Juan (Zaragoza, 1900-Madrid, 1975) representa hoy en día uno de los máximos exponentes de la arqueología española en su conjunto. Toda su vida estuvo dedicada a esta disciplina, destacando sobre todo en el ámbito de la epigrafía latina, desde la obtención de su título de Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza hasta su muerte en 1975. En 1921 ingresó como facultativo en el Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, y con apenas veinte años fue nombrado director del Museo Arqueológico de Córdoba, puesto que ocuparía hasta 1925.

Así pues, un joven Joaquín Mª de Navascués comenzaba su andadura profesional, teniendo como principal objetivo la catalogación del material arqueológico procedente de las distintas intervenciones en solares de la ciudad, así como la búsqueda de un edificio que reuniese todas las cualidades para convertirse en la nueva sede del Museo Arqueológico. Entre las excavaciones llevadas a cabo en Córdoba destaca la realizada en 1922 a raíz de las obras del ferrocarril en la vía de Sevilla, las cuales sacaron a la luz una bóveda que Navascués dató de época bajo-imperial atendiendo a la utilización del sistema de opus mixtum para su construcción. Este hecho es de gran interés, puesto que revela el conocimiento fáctico de restos arqueológicos en el enclave de Cercadilla antes de la construcción de la línea de AVE entre Córdoba y Sevilla a inicios de los años 90. Como miembro de la Comisión Provincial de Monumentos y de la Comisión Directora de las Excavaciones de Medinat al-Zahra Navascués participó en los trabajos arqueológicos desarrollados en este yacimiento entre 1923 y 1924, cuyos resultados quedaron reflejados en la correspondiente memoria de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. Fue precisamente en el transcurso de dichos trabajos cuando entró en contacto con Félix Hernández, estableciéndose una amistad entre ambos que duraría toda la vida. En 1925 Joaquín Mª de Navascués abandonó su cargo como director del Museo Arqueológico para regresar a su ciudad natal y ocupar un puesto como profesor de Paleografía y Diplomática en la Universidad de Zaragoza, siendo sucedido de este modo por Samuel de los Santos Gener. No obstante, antes de su marcha había dejado clara su elección del palacio renacentista de los Páez de Castillejo como la mejor opción para convertirse en la nueva sede del museo, cuyas obras comenzarían de la mano de Félix Hernández al término de la Guerra Civil.

En 1928 asumió la dirección del Museo Arqueológico de Tarragona, dejando el cargo un año después para ocupar un puesto como conservador en el Museo Arqueológico Nacional (MAN). Posteriormente, en 1931, ingresó en la sección de Arqueología y Arte Medieval del Centro de Estudios Históricos, la cual estaba dirigida por Manuel Gómez Moreno, quien alentó a Navascués para que iniciase su formación en el ámbito de la epigrafía latina de Hispania, especialidad que acabaría por convertirse en su principal campo de estudio, y cuyos esfuerzos se concentrarían en renovar y sistematizar los estudios de numismática y epigrafía. Al estallido de la Guerra Civil fue encarcelado en Madrid, aunque un año después logró evadir la prisión y cruzar hasta Zaragoza, donde en 1938 entró a formar parte del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional.

Al término de la guerra Joaquín Mª de Navascués se centró en la realización de su tesis doctoral en la Universidad Central bajo la dirección de Manuel Gómez Moreno, que presentó en 1948 con el título Epígrafes artísticos latinos de Mérida. Siglos IV al VIII. Dicho trabajo le brindó la oportunidad en 1950 de ocupar la Cátedra de Epigrafía en la misma universidad, además de su elección como miembro de la Real Academia de la Historia. Tras la muerte de Blas Taracena, en 1952 Navascués lo sucedió como director del MAN, cargo que ocuparía hasta 1967. Fue en esta época cuando conoció a la futura directora del Museo Arqueológico de Córdoba, Ana Mª Vicent, que por aquel entonces se encontraba como interina del Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos, colaborando además con el profesor Martín Almagro en el Instituto de Prehistoria. Como inspector general de Museos Arqueológicos impulsó la reparación de los mismos tras la guerra. De hecho, a él se debe la eficaz normalización del catálogo e inventario de piezas de los museos españoles, que supuso la modernización de las fichas usadas en los sistemas de catalogación sistemática, que se han empleado en los museos españoles hasta el actual proceso de informatización. Además, inició las “Memorias de los Museos Arqueológicos Provinciales” desde 1954 hasta 1960. Ya en 1959 tomará posesión como académico de número de la Sección de Arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Entre las diversas instituciones académicas de las que fue miembro destacan: el Deutsches Archaölogisches Institut, la Royal Numismatic Society, la Hispanic Society of New York y l’ordre des Palmes académiques de Francia. No obstante, y a pesar de una carrera tan dilatada, siempre guardó un recuerdo para Córdoba, siendo desde 1933 miembro numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, mostrando una preocupación constante por el pasado y, sobre todo, por el futuro de esta ciudad, como queda reflejado en algunos de sus numerosos discursos.[magicactionbox id=”11191036″]

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