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“El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras”

Conflictos internos y, sobre todo, problemas familiares, llevaron al-Andalus a una quiebra total que acabó con la hegemonía de los Omeyas y la consecuente caída del califato. La fitna o guerra civil que acabó con la dinastía Omeya trajo, tras de sí, la disgregación de al-Andalus en diferentes reinos conocidos como taifa. Córdoba dejó de ser la gran capital que había sido y su territorio tardó poco en ser absorbido por el poderoso reino de Toledo, hasta que Sevilla, la gran taifa del sur, la recuperó para sí en el año 1070. La estabilidad de al-Andalus se tambaleó con la conquista de Toledo por parte de Alfonso VI en 1085; que aprovechó su proximidad para hostigar y amedrentar a los musulmanes del sur peninsular. Con la llegada de los almorávides en 1091, los musulmanes recuperan parte del territorio perdido, estableciendo una unidad andalusí que resultará, a la postre, breve e inútil, porque los reinos cristianos no cejaron en su empeño de ir conquistando territorio poco a poco hasta el desembarco de los almohades en 1145. El rey castellano Alfonso VIII tuvo que renunciar a sus pretensiones sobre Sevilla o Badajoz y, a punto estuvo de perderlo todo en la batalla de Alarcos (Ciudad Real) en 1195; aunque poco tiempo después, este rey organizó un poderoso ejército para contraatacar y terminar con el poder almohade; hecho decisivo que tuvo lugar en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212.

Algunos autores coinciden en señalar que la sociedad andalusí era más culta que la cristiana peninsular, y aún más que la magrebí. Sin descartar que también había un campesinado pobre y analfabeto. Aunque, siendo el árabe una lengua común y vehicular en la Península ibérica, hacía del dominio árabe de aquel momento un enorme espacio económico con una gran actividad comercial y artesanal. Sin embargo, la ineficacia de sus dirigentes para contrarrestar los ataques cristianos provocó la pérdida de confianza del pueblo en sus gobernantes.

Almohades llegando a la Penímsula

El pueblo andalusí, entre los siglos XI y XIII, se disolvió entre los recién llegados norteafricanos, que aumentaron en número en el periodo almohade imponiendo una justicia religiosa más radical con la intención de provocar una reforma de la comunidad musulmana nativa. Los andalusíes no aceptaron a los almohades, a los que vieron como una fuerza militar de ocupación portadora de una nueva doctrina religiosa que en nada se parecía a la que regía en la Península ibérica. Los cristianos, por su parte, encontraron en esta crisis social y religiosa de los musulmanes un caldo de cultivo idóneo para la conquista de territorio. A comienzos del siglo XIII, la mayoría de las ciudades de al-Andalus se habían establecido como autónomas o casi, con jefes o reyezuelos locales que trataban con los cristianos de manera independiente alianzas o acuerdos. Así que poco antes de la toma de Córdoba en 1236, al-Andalus no era sino un complejo conjunto de señoríos musulmanes fáciles de asimilar. Perdiendo poder y terreno, los andalusíes fueron emigrando u obligados a emigrar al reciente reino de Granada, que se mantuvo dócil, colaborador y tributario de los reinos cristianos hasta pocas décadas antes de su conquista en 1492.

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