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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

En la primera mitad del siglo XIX la población de la ciudad de Córdoba rondaba los 40.000 habitantes, estando englobada dentro de las llamadas grandes urbes; y su principal motor económico era la agricultura, dedicada casi con exclusividad al autoabastecimiento. Esto quiere decir que la mayor parte de la población estaba empleada en el campo, aunque el negocio de la platería funcionaba con buenos rendimientos, vendiendo sus productos en casi toda España.

Fábrica de aceites San Antonio, de la familia Carbonella finales del siglo XIX.

Fábrica de aceites San Antonio, de la familia Carbonell, a finales del siglo XIX en la Avenida de las Ollerías. A la derecha el famoso «chimeneón».

Una fuente bastante precisa para conocer la industria de Córdoba en la primera mitad del siglo XIX es el llamado “Diccionario de Madoz”, que en 1847 inventarió las fábricas de la capital en el siguiente orden: 9 fábricas de sombreros, 3 de cera, 34 de jabón blando, 4 de paños ordinarios y bayetas, 11 de lienzos comunes de lino, 6 de seda (elaboración de tafetanes, felpas, sargas, cintas y torzales), 6 de curtidos, 7 de almidón, 2 de jabón duro, 86 talleres de platería, 1 molino de papel, 11 de aceite, 11 de harina, 4 fábricas de yeso y 9 de cal y teja; junto con otras instalaciones para cubrir las necesidades de consumo de los cordobeses. Evidentemente aún faltaban algunos años para que Antonio Carbonell Llacer levantara la gran industria cordobesa de aceites “Carbonell”; aunque ya teníamos en Córdoba la fábrica de sombreros de José Sánchez Peña en la antigua cárcel de la Corredera, que había abierto en 1846. Con la Chimenea que se ve en los planos instalada en la Corredera llega a Córdoba la revolución industrial. La iniciativa de este empresario que trajo la primera máquina de vapor no sólo queda aquí, sino que incluso se traslada al Campo de la Merced donde instala una casa de baños (el SPA de la época) junto a la plaza de las Doblas. También en la Merced a extramuros se instaló una fábrica de cristal y una fundición de hierro tan necesaria para las nuevas máquinas de vapor.

En la segunda mitad del siglo, el acontecimiento de mayor calado que afectó en gran medida a la industrialización de Córdoba, fue la llegada del ferrocarril, que conllevó anexa la aparición de pequeñas industrias. Y aunque las vías supusieron una división física de la ciudad, la zona norte no dejó de crecer por este motivo. El cronista Teodomiro Ramírez de Arellano ya describe en el año 1870, la existencia de un núcleo industrial de crecimiento incipiente al otro lado de las vías: “Allí vemos primero una fábrica de materiales de construcción, a seguida otra magnífica para la extracción de aceite de orujo y elaboración de jabones, y hornos para hacer cisco o picón, y otra de fundición de plomos, muestras todas ellas de nuestra entrada en la vida industrial, en que tanto puede hacerse en Córdoba…”

Detalle de la Corredera y la chimenea de la fábrica de sombreros de Sánchez Peña. Córdoba 1860. Alfred Guesdon.

En el centro la Corredera y la chimenea de la fábrica de sombreros de Sánchez Peña. Córdoba 1860. Alfred Guesdon.

Precisamente, una de las fábricas de mayor importancia más allá de las vías, y que dará nombre al barrio donde se asentaba fue la Fundición “Las Margaritas”, uno de los complejos industriales más importante de la época situado aproximadamente donde hoy está la Estación de Autobuses y cuya existencia se refleja en el plano de Córdoba de Dionisio Casañal de 1884. Sin embargo, será el textil el que más proliferará en Córdoba: A mitad del siglo XIX existían en Córdoba seis fábricas de paños importantes repartidas por la ciudad: en la carrera de la Fuensantilla, en el antiguo convento de Regina, en la calle San Francisco, en la calle Lineros, en la Puerta de Baeza, y la fábrica en la calle de las Siete Revueltas. Aunque a final de siglo estas fábricas decaerán a favor del algodón y los nuevos tejidos.

Gracias a la industrialización de Córdoba a lo largo del siglo XIX, la ciudad creció en calidad y población. En  1865 el alumbrado público  comenzó  a  utilizar  el  petróleo, mejorando en 1870 al alumbrado de gas, llegando por primera vez en 1895 el  alumbrado  eléctrico a cargo de la Empresa de Electricidad de Casillas, creada por el empresario Carlos Carbonell y Morand en las instalaciones del molino homónimo. En cuanto a la población de Córdoba, el crecimiento fue lento aunque gradual, pasando de los 41.963 habitantes en 1860, a los 57.313 en 1897, debido a una  débil  inmigración  rural  y  altas  tasas  de  natalidad  y  mortalidad.

El siglo XIX fue mejorando día a día la Córdoba del futuro. Gracias a nuestros ancestros que nos dejaron la impronta patrimonial que hoy disfrutamos. No dejemos caer en el olvido este pasado nuestro.

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