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Las últimas décadas del siglo XVIII van a marcar el final de los enterramientos al interior de las ciudades (al amparo de las iglesias) y el inicio de un nuevo concepto de la muerte. Siguiendo las doctrinas que se estaban poniendo de moda en la Europa ilustrada, el rey Carlos III promulga un Real Decreto en 1787 en el que establece que los cementerios deben situarse, para prevenir epidemias, en lugares ventilados y fuera de las murallas. Este decreto fue muy bien acogido por parte de las corporaciones municipales de la época; sin embargo, los estamentos eclesiásticos vieron estas ordenanzas como un ataque a sus privilegios y se opusieron abiertamente a su implantación. Tal fue la presión establecida que estas medidas apenas se pusieron en práctica. Un nuevo intento tuvo lugar en 1804 de la mano de Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV. En esta ocasión, fue la llegada de las tropas napoleónicas la que desbarató el proyecto. El 4 de marzo de 1809 José I Bonaporte firmó un nuevo decreto con similares instrucciones que estuvo en vigor hasta la expulsión de los franceses. La norma definitiva, la que prohíbe los enterramientos en las iglesias y espacios  adyacentes y obliga a la erección de cementerios fuera de los cascos urbanos, fue firmada por la reina Isabel II en 1834.

En Córdoba, el cementerio más antiguo, el de Nuestra Señora de la Salud fue proyectado en 1804 durante una epidemia de fiebre amarilla. Éste no se llegó a levantar en ese momento, aunque sí fueron construidos dos cementerios provisionales para tal fin: uno tras el convento del Carmen, en San Cayetano; y un segundo tras la iglesia del Espíritu Santo, que se localizaba a las espaldas de la torre de la Calahorra.

El Cementerio de la Salud comenzó su construcción al amparo de la normativa impuesta por los franceses en octubre de 1810 y fue inaugurado en junio de 1811. El lugar elegido fue junto a la ermita de la milagrosa Virgen de la Salud, donde ya existía un pequeño cementerio perteneciente a los monjes que se encargaban del templo. Desconocemos la extensión inicial del camposanto, que se ceñiría a los terrenos aledaños a la ya citada ermita. Fue ampliado en los años 1833 y 1846, contando con unos 10.000 metros cuadrados en 1852.

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Enterramientos y panteón de la marquesa de Conde Salazar en el cementerio de la Salud

El espacio interior del cementerio, separado del exterior por una pared, se vertebra en torno a una calle principal, junto a la que se desarrollan otras de menores dimensiones, en cuyo centro se dispone una rotonda. Los enterramientos más importantes  se disponen, en origen, en torno a este eje viario.

Este lugar fue elegido por los más destacados miembros de la sociedad cordobesa del siglo XIX y la primera mitad del XX: políticos, nobles, clérigos o toreros eligieron el cementerio de la Salud como morada eterna. Así, entre muchos otros, los Cruz Conde, los Cabrera, los marqueses del Mérito o Manolete reposan en este suelo sagrado.

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Tumba de Julio Romero de Torres. Cementerio de San Rafael

Ante la convicción por parte del gobierno local de que La Salud era insuficiente para albergar a toda la población cordobesa, el Cementerio de San Rafael se inició en 1833 y fue inaugurado en el año 1835. Así, esta nueva necrópolis estaba destinada a albergar los cuerpos de los vecinos de los cercanos barrios de la Magdalena, Santiago, San Pedro, San Nicolás de la Ajerquía, San Andrés, San Lorenzo y Santa Marina. Entre los nombres más destacados que fueron enterrados en este lugar encontramos a Ramírez de Arellano, Julio Romero de Torres y su familia, el poeta Enrique Redel o el músico Eduardo Lucena.

Tras quince años de obras, el Cementerio de Nuestra Señora de la Fuensanta, el último y más moderno camposanto cordobés, fue inaugurado en 1988. Más recientemente, en 2004, se inauguró en ese mismo lugar el tanatorio municipal.

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Modernas instalaciones del Cementerio de Nuestra Señora de la Fuensanta

Como hemos comprobado a lo largo de estas últimas semanas, el concepto y la forma de entender la muerte ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Cada una de las sociedades que ha puesto pie en nuestra ciudad ha dejado una huella que nos ha permitido reconocer las costumbres, formas y tradiciones con las que cada cultura se ha enfrentado a esa Verdad universal que es la muerte.

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