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Se acabó el verano y con él, las vacaciones. Mucha gente se ha acercado hasta la playa; a pasar unos días de descanso a remojo. Lo normal, aquí en Córdoba, es desplazarse a las costas de Málaga. Fuengirola o Torre del Mar son los destinos más comunes para los cordobeses, aunque cualquier punto de la costa española parece estupendo para disfrutar de unos días de asueto. Afortunadamente, las modernas carreteras de hoy día han dejado atrás el fantasma de las caravanas y las interminables horas hasta llegar a la playa. Cuánto sufríamos en aquellos largos viajes con la familia. Tanto, que llegábamos a pensar que sería mucho más cómodo tener la playa aquí en Córdoba. Nada lejos de la realidad; ya tuvimos nuestra playa aquí en los años 60. Es cierto; tuvimos una playa en la orilla del Guadalquivir.

Bañistas en el Guadalquivir frente al murallón.

Hace unos años, en 2006, hubo una propuesta en el Ayuntamiento para instalar una playa en la orilla derecha del Guadalquivir junto al molino de Martos. Para los más jóvenes fue una sorpresa que quedó sólo en la intención municipal. Sin embargo, rebuscando en la historia de Córdoba descubrimos que allá por los años 50, el Ayuntamiento instaló unos trampolines en el molino de Martos, desde donde los jóvenes, principalmente hombres, se lanzaban al río. Y poco después la playa se hizo realidad frente al antiguo estadio de futbol El Arcángel. Aquella a la que las gentes de Córdoba llamaron “Torrepelote”, por alusión a Torremolinos (muy de moda en aquella época) y al precio de entrada “un pelote”; es decir, un duro (5 pesetas).

¿Era nuevo esto del baño en el río? Pues no. Allá por 1750, se estableció una normativa de baño por zonas y horarios que separaba hombres de mujeres. Curiosamente, los hombres podían hacer uso del baño hasta las ocho de la tarde/noche, dejando libres las aguas para las mujeres hasta la mañana del día siguiente. Decía la normativa que los hombres no estarán en las proximidades del río, ni en las orillas, ni en los embarcaderos mientras se bañen las mujeres. Ni siquiera hombres disfrazados de mujeres; que parecía ser algo habitual en la época.

Casi un siglo después, en 1820, las normas se ampliaron y mejoraron, señalando el uso de boyas para separar bañistas de ambos sexos, y el uso de barqueros a modo de salvavidas. Ni tan siquiera los matrimonios podían bañarse juntos, aunque los menores de 7 años podían hacerlo indistintamente en una u otra zona. También se regulaba la seguridad para menores de 12 años, que debían entrar en el río siempre acompañados de adultos. El uso del traje de baño o ropa interior era obligatorio, salvo de noche, que se permitía bañarse desnudo en zonas poco o nada iluminadas.

Así pues, la playa de Córdoba no es nada nuevo. Ni tan siquiera la del pasado siglo XX, que estuvo funcionando hasta 1975 en que se cerró por la alta contaminación de las aguas. Muchos de nosotros recordamos las sombrillas en la orilla, arremolinando familias enteras como si de la “Costa del Sol” se tratara. O los concursos y eventos patrocinados por Coca-Cola, que regalaba pelotas de playa. Bonitos días aquellos que difícilmente volverán a este nuestro río Guadalquivir.

La playa de Córdoba en los años 60.

No obstante, grandes ciudades en el interior de Europa usan sus ríos como si fueran de la zona costera. París, Praga, Berlín o Viena son algunos ejemplos del aprovechamiento fluvial como zona de baño y recreo en su casco urbano. Aquí en España, Valladolid cuenta con playa artificial a orillas del Pisuerga, con duchas, aparcamientos, alquiler de barcas y bicicletas, piragüismo y pesca. Seguro que si nos lo proponemos, es posible que en poco tiempo tengamos algo así en Córdoba, abriendo una nueva opción dentro de la oferta turística de la ciudad.

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