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«El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras»

En el año 2000 veíamos desaparecer demolida la cárcel de Córdoba en el barrio de Fátima. Durante casi setenta años, esta cárcel había sido todo un símbolo de la expansión de la ciudad, cuyas nuevas barriadas rodearon sus muros extendiéndose varios cientos de metros a campo abierto. La cárcel quedó poco a poco, a partir de los años sesenta, encajada entre bloques de pisos que la hundían irremisiblemente en el anacronismo de una ciudad moderna. Esta, había sido la única cárcel de Córdoba conocida por varias generaciones de vecinos. Sin embargo, a lo largo de los siglos, no fue éste el único centro penitenciario que se ubicó en nuestras calles; hubo otros muchos que vamos a repasar en las siguientes líneas. Evidentemente, no tenemos datos de época romana; y poco nos ha llegado del periodo islámico, de donde algunas crónicas citan casi de pasada calabozos o mazmorras y que debemos situar en alguna parte del Alcázar andalusí, hoy día desaparecido.

Torre de la Calahorra

Durante la Edad Media y la Edad Moderna se utilizaron como prisiones los edificios más altos y sólidos de las ciudades; tales como fortalezas, conventos, monasterios o torres. De todos ellos, el más célebre en la ciudad de Córdoba fue el Alcázar de los Reyes Cristianos. En 1492, tras la toma de Granada por los Reyes Católicos, el edificio fue cedido por la reina Isabel a la Santa Inquisición. Así pues, el edificio más emblemático del poder cordobés se convirtió en la Sede de la Inquisición en la ciudad y, por lo tanto, en la cárcel de esta institución religiosa. Desde un primer momento, el edificio estuvo siempre en obras, levantando y derribando celdas para modificar el aforo de prisioneros. Durante el primer siglo de su existencia, las condiciones de salubridad fueron pésimas; mejorando de manera relativa a partir de 1640. De todos modos, esta prisión actuaba sólo como preventiva, porque tras el juicio si se condenaba a un reo a prisión, este pasaba a cumplir la pena en la cárcel municipal; que solía tener mejores condiciones de habitabilidad que la de la Inquisición. A mediados del siglo XVI, la cárcel municipal de Córdoba se encontraba en el mismo edificio que el Ayuntamiento, ubicado en la Plaza de la Corredera; donde hoy día se encuentra el mercado municipal Sánchez Peña. Este edificio fue ayuntamiento hasta la primera mitad del siglo XVIII, pero siguió siendo la Cárcel Real de Córdoba hasta 1822; fecha en que los presos fueron trasladados al Alcázar de los Reyes Cristianos. Curiosamente abandonado por la Inquisición doce años antes por orden del rey francés José Bonaparte tras su llegada a España en 1808.

El Alcázar de Córdoba fue cárcel municipal hasta 1931, año en que quedó construida la nueva cárcel de Fátima a la que hacíamos referencia en las primeras líneas del texto. Los presos fueron enviados a las nuevas instalaciones junto a la carretera de Badajoz, mientras que el Alcázar pasaba a depender del Ejército, que lo utilizó como prisión militar hasta 1947.

Como vemos, edificios muy conocidos de la ciudad fueron usados como cárceles; pero también hubo otros que han pasado casi inadvertidos en esta función. La Torre de la Calahorra, a comienzos del siglo XVI, fue usada como presidio para ciertos nobles que se alzaron contra el rey Fernando “El Católico”; y más tarde, en distintas ocasiones usada como cárcel por la Inquisición cuando el Alcázar se llenaba.

Convento de los Padres de Gracia

También, en 1820, y de acuerdo con el Reglamento General de Cárceles de 1818, se habilitó el convento de los Padres Trinitarios Descalzos de Santa María de Gracia, como centro penitenciario hasta 1843. Curiosamente, desde 1840 los presos limpiaban calles, plazas y zonas de extramuros; abrían zanjas, plantaban árboles o rosales, empedraban calles o caminos y limpiaban arroyos. Por ejemplo, fueron obras de relevancia realizadas por presos el Murallón de la Ribera o la carretera de Granada.

En Córdoba, como en otras tantas ciudades del mundo, hasta los edificios más hermosos del pasado no dejan de sorprendernos en el presente. Si pasea por sus calles, recuerde que la historia de la ciudad sigue viva entre los muros que nos rodean.
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