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Molinos del puente.
Molinos del puente (Córdoba). Alfred Guesdon, 1860.

En Córdoba, pasear por las orillas del Guadalquivir nos invita a conocer de primera mano el pasado centenario de este río. Lejos de mantenerse ausente, el río se encuentra salpicado de pequeñas edificaciones que nos hablan del pasado industrial de la ciudad. Son molinos harineros; instalaciones que durante siglos jugaron un papel importantísimo en la vida diaria de esta ciudad.

Los molinos hidráulicos situados sobre el río Guadalquivir en la ciudad de Córdoba llevan prestando servicio a la producción industrial de la ciudad desde hace cientos de años. Y aunque es difícil determinar con precisión el origen de los molinos del Guadalquivir, existen testimonios de fuentes escritas que desde el siglo X hablan de molinos en muchas partes de Al-Andalus. No quiere decir esto que los molinos que vemos hoy día en el Guadalquivir sean tan antiguos como eso; la verdad es que muchos de los edificios que hoy se conservan datan de fechas relativamente recientes, como los siglos XVIII y XIX, aunque su origen se remonte, cuando menos, a época islámica, documentados desde el siglo XIII o incluso desde el X. Lo cual podría llevarnos a pensar que pudieran ser originarios de época romana o tardorromana.

Esos edificios han estado situados en puntos muy determinados del curso fluvial, lugares que se han mantenido inalterables durante siglos. Para utilizar la energía hidráulica que las aguas del Guadalquivir proporcionaban, estas instalaciones se construyeron siempre asociadas a las correspondientes presas de derivación o azudas, diques de mampostería que cortaban el curso de la corriente encauzándola hacia las orillas, a fin de que el paso de las aguas quedara concentrado en los lugares (normalmente, las márgenes del propio río) donde los molinos se hallaban ubicados. El asentamiento de estas presas, grandes obras de ingeniería a nivel histórico, cuenta con unos condicionantes geológicos muy determinados, de forma que necesitan lugares de firme sólido, escasa profundidad de la corriente y condiciones naturales apropiadas para su correcto asentamiento. Por ello, aquéllos lugares donde las presas se situaron en la Edad Media son los mismos donde han permanecido instaladas hasta el siglo XX, y por eso los edificios asociados, aunque modificando su arquitectura y sus funciones (adaptándolas a los usos y rasgos técnicos propios de cada época), han estado siempre situados en los mismos emplazamientos.

Molino de Lope García en Córdoba y su presa desde aguas arriba.
Molino de Lope García en Córdoba y su presa desde aguas arriba.

Las presas o azudas de estos molinos eran conocidas como “paradas”, en relación a la retención de aguas justo antes del molino. En el término de Córdoba han existido seis grandes paradas que, escalonadas desde el curso superior del río a su entrada en el término municipal hasta el tramo inferior, fueron y son aún en la actualidad las de Lope García, Vado del Adalid (o Carbonell), Martos (o San Julián), Puente, Alhadra y Casillas, y en esos seis entornos se han situado todos los molinos harineros que han funcionado en Córdoba desde la Edad Media a nuestros días.

Las paradas eran grandes presas en forma de V invertida muy abierta que apuntaba su vértice a contracorriente desviando las aguas del río a una o más instalaciones fluviales en sus extremos, lo que producía un remanso que ya en el siglo XI el poeta Ibn Zaydun citaba como un lugar donde los cordobeses acudían a bañarse o pasear en barca. Además, son bien conocidas las pesqueras que se autorizaron en estas zonas donde se utilizaban grandes nasas o cestos de mimbre para recoger los peces que eran arrastrados por la corriente hacia las compuertas del molino. Desde la Edad Media está bien documentado que cuando se arrendaba el molino, llevaba incluido en el contrato el uso de la pesquería anexa.

Los inconvenientes de estas paradas fueron la navegación fluvial entre Córdoba y Sevilla, y el transporte de troncos de árboles desde las sierras de Jaén, una actividad muy frecuente en épocas medievales, que a menudo quedaban atascados en las presas con la complejidad que esto representaba tanto para los transportistas como para los molineros, que sufrían serios perjuicios en las instalaciones.

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