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Terminado, con gran éxito el II Mercado romano de Córdoba, continuamos esta semana hablando de uno de los espectáculos que más pasiones despertaba entre los romanos: las carreras de caballos o carros.

Comentábamos la semana pasada como los mejores aurigas gozaron de fama y fortuna, pero no fueron los únicos. Todo lo relativo a las carreras de carros fue un lucrativo negocio. Así, por ejemplo, muchos terratenientes se dedicaron a la cría de caballos en sus terrenos, o bien habitantes de Roma poseían tierras en Hispania u otras zonas del Imperio destinadas a este fin. Algunos de estos criadores fueron Salustio, Messala o Patruino Perpetuno, cuyos animales tenían fama de veloces.

Los caballos hispanos fueron muy apreciados en las carreras de caballos, y es que Hispania ya era tierra de caballos y buenos jinetes antes de la llegada de Roma. Las razas favoritas para las carreras eran la astur, la galaica y la lusitana. La astur, según el poeta Marcial, eran caballos pequeños que galopaban rápidamente al compás, mientras que los lusitanos eran preñados por el propio viento, siendo esta la razón de su gran velocidad. Por supuesto, también se conservan sus nombres: Famosus, Ispumosis, Botrocales… y Regnator, el más famoso de todos ellos. Regnator, criado en la campiña cordobesa. Según la leyenda participó sin ser derrotado en más de 4.000 carreras, incluyendo dos en el mismo día: una en el circo de Colonia Patricia Corduba (Córdoba) y otra en el de Augusta Emerita (Mérida). Las fuentes que nos hablan de Regnator no mencionan ni su ganadería ni su criador. Quizá la gran fama de este caballo eclipsó todo lo demás.

Mosaico representando caballos de carreras y sus nombres (siglo III d.C.)

Mosaico representando caballos de carreras y sus nombres (siglo III d.C.)
Fuente: Wikimedia / Autor de la imagen: Ad Meskens

La preparación de un caballo para participar en las carreras de carros comenzaba a los tres años y duraba dos, durante los cuales se los entrenaba para correr y se les dispensaban todo tipo de mimos y cuidados. A partir de los cinco ya empezaban a competir.

Sus entrenadores también alcanzaron fama. No en vano eran los responsables no solo del animal, sino del prestigio que un ejemplar ganador podía reportar a la ganadería. Esto repercutía, obviamente, en la venta de más animales a tal fin. Por ello, sus nombres, junto a los de caballos y criadores aparecen en mosaicos con representaciones circenses.

Entre los apasionados de las carreras de caballos estuvieron también los propios emperadores, cuya posición hacía que su apoyo a uno u otro equipo pudiera ser “peligrosa” para los demás. Así, se de Calígula que envenenó a caballos y aurigas de equipos rivales. Sin embargo, los ludi circenses también tuvieron sus detractores, entre ellos el escritor, militar y naturalista Plinio el Viejo. Estas críticas se intensificaron con el cristianos, ya que, tal como los autores destacaban, eran celebraciones a dioses paganos, que no tenían cabida en el culto cristiano.

Pese a ello, las carreras de caballos sobrevivieron más allá de la declaración del Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, en 380 d.C, y no será hasta el 545 cuando finalmente se suprimen.

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