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La primera afirmación que tiende a confundir al visitante de las ruinas de la antigua ciudad califal de Medina Azahara es, sin duda alguna, la referente a la techumbre, pues las interminables “calles” que se disponen a recorrer, no son calles, sino pasillos que conectaban las diferentes estancias del alcázar, y como tales, estuvieron cerrados tal y como nos muestran los mechinales que jalonan el camino que desciende hasta el “espacio trapezoidal“, en aquellas paredes que han conservado la altura suficiente.

Espacio Trapeizodal, uno de los espacios en los que se aprecian mejor los mechinales

Pero la techumbre no es el final de la revelación, lógicamente, una pregunta surge en la mente de todo el mundo ¿cómo se iluminaban estos pasillos? ¿Cómo se ventilaban?

La primera respuesta es más simple que la segunda, había ventanas… bueno, no exactamente, los distintos pasillos, al igual que ocurre en numerosos espacios cerrados, la iluminación se realizaba mediante lucernarios, pequeñas aperturas en la techumbre, por la que filtraba una tenue luz que posiblemente habría necesitado ser reforzada con luz artificial en más de una ocasión, pues se trata del mismo sistema que encontramos, sin ir más lejos, en los baños, dependencias intimas por excelencia.

Lucernario con forma de flor inscrita.
Fuente:https://terraeantiqvae.blogia.com/2007/111801-las-excavaciones-en-medina-azahara-c-rdoba-sacan-a-la-luz-una-mezquita-del-sig.php

Una de las formas para reforzar dicha luz fueron los distintos patios que jalonan el camino a en el interior de la ciudad. Aunque los diferentes sectores que conforman la ciudad suelen girar entorno a un espacio central abierto, cuya función no dista mucho de la que tienen en cualquier casa-patio cordobesa, existen otros, que por su situación debieron tener una función parecida a la que una plaza juega en una ciudad: dividir espacios y traer luz, y sobre todo aire fresco, siendo necesario remarcar este punto, ya que los lucernarios, esculpidos en forma de lo que parece una flor de ocho pétalos inscritos en un círculo, difícilmente habrían sido suficiente para permitir la oxigenación del entorno, y menos aún, en aquellos casos en los que el tragaluz quedaba tapado por una pieza vítrea para impedir la penetración de la lluvia en las galerías.

Así, el antiguo visitante habría recorrido una alternancia espacios cerrados y abiertos, de zonas en penumbra (cuando no cuasi-oscuridad) y espacios luminosos, a medida que se internaba en la ciudad, para finalmente, desembocar en alguno de los grandes espacios abiertos, como el formado por el patio de las Residencias Superiores o la gran plaza que se abre a los pies del Edificio Basílical Superior (otrora conocida como al dar al-Yund), siendo sin duda alguna uno de los precedentes formales de algunos de los grandes palacios de épocas posteriores, como la propia Alhambra, de cuya importancia en la ritualización del poder hablaremos en la próxima entrada.

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