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Se ha comentado anteriormente que desde 1340, las epidemias de peste asolaron gran parte de Europa, y por ende la Península Ibérica. Córdoba sufrió las consecuencias de todas ellas hasta bien entrado el siglo XIX. Es bien sabido, además, que el Arcángel San Rafael se apareció por primera vez en nuestra ciudad durante una epidemia de peste en 1578; que otra epidemia se desarrolló veinte años después, y que otra, aún mayor, lo hizo en 1650. Durante esta última epidemia, la mortandad en la ciudad fue excesiva, quedando una población de 13.000 habitantes, de los 40.000 que se estima tenía antes de la citada peste. Tan sólo en el Hospital de San Lázaro fallecieron 1.500 personas (hoy día el depósito municipal de vehículos ocupa el espacio que tuvo el citado hospital en el Campo de San Antón, frente a la Facultad de Derecho de esta ciudad). En 1652, al concluir la epidemia, las condiciones de vida de los cordobeses no habían mejorado prácticamente nada. Las malas cosechas de años precedentes, unido a la inflación de la moneda impulsada por el rey Felipe IV fue causa, no sólo de que el pan se vendiese a un precio excesivo, sino que faltara en el mercado por la ganancia de los panaderos y acaparadores de las reservas de trigo. El precio de la hogaza de pan subió de manera desproporcionada, al igual que otros alimentos que llegaron a ser escasos y también a precios exagerados, viéndose los pobres reducidos a la mayor miseria.

Revuelta popular

El 6 de mayo, al salir de misa en San Lorenzo, los feligreses vieron cómo una mujer lloraba la muerte de su hijo por el hambre. Unas 600 personas se reunieron a su alrededor y armados con palos y herramientas agrarias fueron a pedir explicaciones al corregidor Pedro Alfonso de Flores y Montenegro, vizconde de la Peñaparda de Flores que, asustado por el motín, se refugió en el Convento de la Trinidad. Los amotinados derribaron las puertas del convento y destrozaron cuanto hallaron a su paso. A estas alturas ya llegaban a los 2.000 los amotinados, que entraban en todas las casas que entendían eran de caballeros, y robaban el trigo y harina que encontraban llevando parte al Pósito, que estaba en la Corredera, y parte a San Lorenzo, donde improvisaron un almacén. Después dirigieron su protesta contra el obispo de la ciudad Pedro de Tapia, un dominico muy culto que, en seguida, se hizo cargo de la situación. Salió a la calle y trató de calmarlos, pero le insultaron e ignoraron sus palabras. Incluso entraron en su casa y robaron también el trigo que allí había.

Al día siguiente, el número de amotinados pasaba de los 6.000 y se aprestaron a defender la ciudad con cañones y armas en distintas zonas. La Puerta de Gallegos, la Puerta del Puente o La Calahorra fueron fuertemente defendidas pensando que el Marqués de Priego llegaba a Córdoba con su ejército. Entre los levantados en armas había algunos caballeros que tampoco estaban de acuerdo con el precio del pan; y entre ellos un tal Diego de Córdoba, al que eligieron como nuevo corregidor. Diego de Córdoba habló a los vecinos desde el balcón del ayuntamiento, pidiendo que se calmasen y volvieran a sus casas y entregaran las armas de fuego. Esa noche hubo retenes de guardia patrullando las calles formados por algunos hombres de la justicia y frailes que invitaban al sosiego.

Panadería medieval y moderna

A la mañana siguiente hubo pan para toda la población a precios razonables y hubo calma muchos días después. El rey, finalmente, aprobó todas las disposiciones redactadas por el gobierno local e indultó a los instigadores del motín, acabando felizmente este episodio de la historia de Córdoba. Sin embargo, los motines a causa del precio elevado del pan no fueron ni exclusivos en Córdoba ni en el siglo XVII. Otras muchas ciudades sufrieron los mismos motines hasta fechas bastante recientes. Sirvan como ejemplo las siguientes: En 1766, lo hubo en Zaragoza; en 1856, en Palencia, Benavente y Zamora; en 1898, en Talavera de la Reina y en 1915, en Vitoria.

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