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Panadería medieval.

Se sitúa en 1349 la aparición de la Peste Negra en la mitad oriental de la Península Ibérica, y a partir de ese año habrá una constante llegada de epidemias que convertirán las ciudades en territorios desahuciados. Se documentan epidemias de peste en 1363, 1373 y 1383; esta última duró varios años, desembocando, como justificante, en el conocido asalto a las juderías de los reinos peninsulares. Las epidemias de peste vinieron acompañadas de épocas de sequías y, por lo tanto, de malas cosechas. Subió desorbitadamente el precio del trigo y, consecuentemente, del pan. Este cúmulo de mala fortuna sirvió como excusa para atacar a los judíos. Se inició esta revuelta antijudía en Sevilla, donde desde al menos 15 años atrás, el arcediano de Écija Ferrán Martínez, incitaba a los cristianos en contra de los judíos desde el púlpito. Las consecuencias de dichas proclamas dieron como resultado un primer levantamiento antijudío en Sevilla, el 15 de marzo de 1391. El rey Enrique III, de tan solo 11 años de edad, envió a varios caballeros a Córdoba y Sevilla con instrucciones de detener los asaltos a las juderías.

De nada sirvieron las cartas del rey a los alcaldes mayores de dichas ciudades, pues el 6 de junio de ese mismo año se inició en Sevilla la más cruenta persecución contra judíos habida en la ciudad. De inmediato se propagó por las poblaciones cercanas y en tan sólo dos días llegó a Córdoba, donde los días 8 y 9 de junio de 1391 se produjo el asalto de la Judería. La muchedumbre derribó las puertas que protegían este barrio y penetró en su recinto. A las muertes siguió el expolio y los incendios. El cronista de Córdoba Luis Maraver y Alfaro, nos dice que: “Las tiendas, fábricas, talleres y moradas, todo fue a la vez inundado de sangre y fuego, desvaneciéndose en breves horas; antes que las autoridades pensaran en la defensa de los judíos”.

Ataque a judios en época medieval

Efectivamente, unas horas después, el alguacil mayor llegó a la Judería con un buen puñado de caballeros y soldados a poner fin a la matanza. Según las crónicas del momento, casi dos mil judíos fueron asesinados; unos a golpes y otros con espadas o dagas. Los cristianos entraron en los edificios y se apropiaron de todo cuanto de valor encontraron; lo que generó el eufemismo de “robo de la Judería”, nombre con el que se conoció este hecho en Córdoba.

Años más tarde, en 1396, Enrique III, en su primer viaje a Andalucía, recibió a algunos supervivientes del dramático suceso y los conminó para que siguieran viviendo en sus casas, solicitando además de las autoridades de la ciudad un detallado informe de lo sucedido en la citada revuelta. Como consecuencia, el rey impuso a Córdoba una multa de 40.000 doblas, por “robo de la judería”, que debían pagar los implicados en este motín antijudío.

Dos años después, en 1398, el Consejo de Córdoba sólo había cobrado 10.000 doblas. Pero el rey no rebajó la multa e insistió que había que perseguir a los deudores. Entre marzo y junio de 1400 hubo una epidemia de peste a la que siguió una brutal crecida del río en 1403. Muchos de los deudores de la multa fallecieron o se marcharon a vivir a otra ciudad. El rey insiste en que las propiedades de los castigados sean vendidas o, en caso de fallecimiento, sean sus herederos los que deban pagar. En 1404 se habían recaudado otras 12.000 doblas, pero nunca se llegó a la cifra estipulada de 40.000 doblas. Algunos judíos lo perdieron todo y se vieron en la obligación de pedir limosna o vivir de la caridad. Otros muchos se convirtieron al cristianismo y les fue permitido vivir en otras zonas de la ciudad.

El rey solicitó un informe a los jurados de la ciudad sobre las actividades llevadas a cabo en el cumplimiento de su deber. Curiosamente, en dicho informe sólo se refieren de pasada al “robo de la Judería”; quitando importancia a este hecho. El rey murió en 1406 y el asunto quedó en el olvido. En Córdoba, desde entonces, apenas existieron judíos. Con la excepción de algunos que pudieron huir, la mayoría había recibido las aguas del bautismo y estos cristianos “nuevos”, llamados conversos, intentando pasar desapercibidos, adoptaron nuevos apellidos, dándose el caso de que sólo algunos de ellos, como segundo apellido, se atrevieron a conservar el original judío.

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