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Qurtuba, año 891. El día 7 de enero se producirá un hecho que cambiará la historia de al-Andalus: Muza, esposa de Muhammad, hijo del emir Abd Allah, da a luz un niño a quien llamarán Abd al Rahman. Años después, este niño se convertirá en el último de los emires de Córdoba y primero de los Califas. Es Abd al Rahman III.

Recordando esta efeméride queremos dedicar este mes de enero a la figura de este Califa que marcó un antes y un después en nuestra ciudad, Córdoba, y en la historia.

Retrato de Abderraman III

Abderraman III, según un grabado del siglo XIX / Autor: desconocido – Fuente: Wikimedia

Abd al-Rahman fue proclamado emir cuando contaba con 21 años, tras la muerte de su abuelo Abd Allah. La situación que el joven encontró no era fácil: su autoridad, en la práctica, no era acatada en la mayor parte de su territorio, donde algunas zonas funcionaban casi como reinos independientes. Desde el principio, se propuso “recuperar” esos territorios, y lo consiguió. Sometió a los rebeldes y llevó al Emirato a un momento de gran poder que aprovechó para proclamar el Califato, y conseguir con ello la máxima dignidad tanto para su reino como para el mismo.

Recreación del alminar de la Mezquita, hoy torre de la Catedral. También se muestra un relieve que muestra la apariencia de la misma antes de la remodelación cristiana, y la planta.

A partir de entonces, realizará numerosas obras destinadas a llevar al Califato y a su capital, Córdoba, a uno de los momentos -si no el que más- de mayor esplendor en todos los sentidos, con la fundación de bibliotecas, escuelas y una universidad, donde destacaban los estudios de Medicina y de Traducción. Este ambiente cultural se resume bien en una frase, tomada de un texto de la época: cuando un músico muere en Córdoba, sus instrumentos se venden en el mercado de Sevilla. Cuando un erudito muere en Sevilla, sus libros se venden en el mercado de Córdoba.

En cuanto al arte, su obra más evidente en la capital fue el alminar de la Mezquita Mayor, hoy Catedral. Realizada tras la ampliación del patio de la mezquita hacia el norte, para adecuar sus dimensiones a las de la sala de oración, fue entonces -y lo sigue siendo- la torre más alta de la ciudad. También en la sala de oración dejó su huella, si bien no tan evidente como las de su precursores y sucesores. Se trata del doble muro que separa esta sala del patio. Y es que en época de Abd al Rahman, la arcada que abría hacia el patio se estaba inclinando a consecuencia del peso extra que supuso la ampliación de mediados del siglo IX. Por ello, el califa ordenó reforzarlo y se añadió un nuevo muro al que ya existía. Además, parece casi seguro que planeó junto a su hijo al-Hakam la ampliación del edificio, puesto que sólo dos días después de morir, el ya califa al-Hakam II ordenará el comienzo de las obras.

Recreación de Medina Azahara Autor: desconocido / Fuente: terraeantiqvae.blogia.com

Sin embargo, su obra más destacada, la cristalización física de todo lo que significó el Califato es Medina Azahara, la ciudad palatina que según una antigua leyenda dedicara a la concubina de quien estaba perdidamente enamorado: Zahara.

Por hoy, dejamos aquí la historia. Solo nos queda decir: ¡Feliz 1125 cumpleaños, Abd al-Rahman!

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