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“El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, aquello que vivimos en el presente y lo que transmitimos a generaciones futuras”

En más de una ocasión se ha hecho referencia en este blog al expolio de Medina Azahara y de cómo se han repartido las piezas a lo largo y ancho de la geografía local, nacional e internacional. Es lo que tiene haber sido un símbolo de poder, que todo el mundo quiso aprovecharlo y llevarse un poquito a su casa o a su tierra. Cuando la gente se entera, a veces pregunta si eso no se puede recuperar. Sería complicado, la verdad. ¿Se imaginan desarmar la Capilla Real donde hay capiteles de avispero? ¿Y entrar a las casas que reutilizaron materiales y forman parte de la estructura? ¿O acudir a Marruecos a recuperar capiteles de alminares históricos? ¿O directamente ir a fabuloso Real Alcázar de Sevilla y desmontar el palacio de Pedro I que se sirvió de los capiteles de trépano para su impresionante residencia? Hay veces en que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible y tenemos que respetar el trascurso de la historia y dejarlo estar.

Capitel califal usado como basa en la galería de grutescos del Real Alcázar de Sevilla

Capitel califal usado como basa en la galería de grutescos del Real Alcázar de Sevilla

Sin embargo a veces se hace “justicia”. Hace unos meses hablé en otras entradas de nuestros visitantes y las historias que traían con ellos o que nos hicieron vivir. Hoy voy a hablar de la historia de alguien que vino a visitarnos y que cometió un error y lo ha subsanado.

Remontémonos a los años 70. Una visita de escolares recorrió el yacimiento de Medina Azahara (en un estado diferente al que se encuentra hoy) y uno de aquellos infantes vio que una de aquellas piedras talladas y bonitas podría ser un buen recuerdo de aquel viaje. Desconocemos si lo metió en la mochila como el que guarda el bocadillo tan tranquilamente o si se sintió un ladrón de guante blanco que cuidadosamente y sin que nadie se percatara se escondió la pieza de ataurique como trofeo. Seguramente no se daba cuenta de que estaba expoliando ni sabía lo que expolio significaba.

Y así fueron pasando los años, se hizo mayor y de repente tomó conciencia de aquel acto travieso e infantil. Y llegaron los remordimientos y el arrepentimiento durante un tiempo. ¿Cómo admite uno que fue un ladrón sin saberlo y que quiere deshacer lo que hizo? Pues a veces se puede.

A finales de mayo, uno de los integrantes de un grupo que disfrutó con nosotros varias visitas, nos dijo que, de parte de una persona conocida suya y que quería permanecer en el anonimato, tenía algo que reponer. Mostró la pieza, nada despreciable, de ataurique que aquella personita de diez años se había llevado hacía décadas. Nos pusimos en contacto con la dirección del yacimiento y la devolución se realizó, certificado mediante, y por fin aquella pieza de ataurique atesorada y muy bien conservada volvió de donde había salido. Aquella pieza iba acompañada de una nota anónima donde se confesaba el “crimen” y que finalizaba diciendo que se había descubierto “el pecado pero no el pecador, que en su mala conciencia ha llevado la penitencia”.

Pieza de ataurique en cuestión

Desde aquí, nuestro más sincero agradecimiento a esa persona que cumplió con su conciencia y que ha hecho que las “piedras” nos acaben contando una historia preciosa que no creemos que deba quedarse en la oscuridad y por eso la sacamos a la luz aunque esa persona siga siendo anónima. Aquí lo importante no son los nombres, sino los hechos y los actos generosos y sinceros como este. Por favor, respire tranquila y orgullosamente porque nos ha hecho vivir un episodio emocionante y conmovedor y ojalá alguna vez esa pieza de ataurique encuentre su lugar entre las miles de piezas de ese gigantesco puzzle inabarcable que suponen las miles de piezas desubicadas de la ciudad de Abderramán III. Y si no encuentra su lugar, al menos ya ha vuelto a casa. Gracias.

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