A unos cinco kilómetros de Santa Elena, uno de los pueblos más
septentrionales de la provincia de Jaén, junto al paso de Despeñaperros, existe un amplio paraje donde los restos de armas antiguas son tan abundantes que durante siglos han surtido a los campesinos de la comarca del hierro necesario para la fabricación de sus herramientas. Éste no es otro que el campo de Batalla de las Navas de Tolosa.
La importante victoria que los cristianos obtuvieron sobre el ejército almohade de Mohamed al-Nasir en Julio de 1212, supuso el principio del fin de la ocupación árabe en la
península. Fueron menos las dificultades que los monarcas cristianos tuvieron que solventar desde entonces, conquistándose ciudades como Jaén, Córdoba o Sevilla en un período de tiempo relativamente corto, que ocupa el reinado de Fernando III el Santo. La ciudad que más resistió fue Granada, que cayó en manos de los Reyes Católicos, quienes, curiosamente, dirigían las campañas desde un edificio emblemático de nuestra ciudad y al que dan nombre, el Alcázar de los Reyes Cristianos.
Tras la conquista de la ciudad en 1236, después de firmar la capitulación, la fama de su riqueza y fértil agricultura se extendió por toda España poblándose rápidamente con gentes de todas partes que llegaron a la ciudad en masa hasta el punto que
había más habitantes que casas.
La redistribución urbanística cambió considerablemente la fisonomía de la antigua capital califal, en la que Alfonso XI erigió el Alcázar para tenerlo como residencia palatina, mientras que Enrique II reforzó las defensas con torres como las de la Calahorra o la Malmuerta, intentando evitar así el peligro que aún representaban las incursiones de los musulmanes del Sur.
La ciudad califal estaba claramente delimitada por dos grandes barrios, la Villa y la Ajerquía, disposición que se mantendría hasta la Edad Moderna. El primero ocupaba, aproximadamente, el perímetro de la antigua ciudad romana, mientras que el segundo se extendía hacia el Este. Fernando III el
Santo dividió cada barrio en siete collaciones, y en cada una de ellas se construyó una iglesia, que ejercía de centro religioso y administrativo de las mismas. Por otro lado, estas iglesias fueron levantadas en lugares estratégicos, en muchos casos donde la densidad de población era escasa, en un intento de distribuirla lo más proporcionadamente posible. Las iglesias daban nombre al barrio, a la collación, y de manera frecuente el urbanismo giraba en torno a las mismas.
A continuación hemos elaborado un pequeño análisis de las Iglesias Fernandinas que hemos conservado restos, doce en total, y las hemos agrupado en tres itinerarios distintos, sin seguir un patrón concreto más que la proximidad entre ambas, con el fin de que el turista pueda visitarlas, en el caso de esta posibilidad exista, con las máximas
garantías y comodidad.
Hay tres casos a los que nos gustaría referirnos. El primero de ellos es la Iglesia de San Agustín, que pese a aparecer en el “Itinerario I” no hemos hecho análisis alguno, puesto que lleva años sosteniendo un profundo proceso de restauración, por lo que nos ha sido imposible acceder a su interior. El segundo caso, también perteneciente al “Itinerario I”, es la Iglesia de Santa María Magdalena, un templo cerrado al culto desde principios del siglo XX; gestionada por la entidad bancaria Cajasur, en ella se celebran a menudo actos culturales como conciertos de música clásica o exposiciones, por lo que se encuentra cerrada al turismo. El ultimo caso es de la Iglesia de Santo Domingo de Silos, perteneciente al “Itinerario III”, iglesia de la que apenas conservamos sus estructuras y la torre, que no es medieval; en la actualidad, el edificio es sede del Archivo Histórico Provincial de Córdoba por lo que, como en el caso anterior, se encuentra cerrado al turismo.
Texto: J.A.S.C.